Como el tema lo pide, comienzo por decir que me encantan la música y la danza latinoamericanas. Nuestro subcontinente es desaforadamente rico en ese sentido. Cada país tiene numerosos géneros o tipos. México, Colombia, Argentina, han creado alrededor de un centenar cada uno. En los países más pequeños encontramos menos ritmos y estilos, pero es una cuestión de volumen y no de calidad. Danzas como el tango, el carnavalito, la cumbia y otras, con su derroche de gracia, sensibilidad y respeto, han cruzado los océanos. No pocas veces estas cadenciosas músicas adornan letras de grandes poetas, Silva, Neruda, Ibarbourou, Nervo... A quienes hemos crecido rodeados de estos efluvios líricos y aires musicales nos es difícil tragar como “nuestra identidad” síncopas simplonas, repetitivas y discordantes que arropan “letras” procaces.
Eso sí, hay un valor que va más allá de la estética musical y es la libertad, componente fundamental de la práctica de la libertad en una sociedad es el derecho al mal gusto. En este momento es apropiado insistir en esta materia, porque ahora hay gente que quiere imponer censuras sobre las prácticas artísticas que considera extrañas. Polémicas levantadas por eventos como el espectáculo de medio tiempo en el Super Bowl de fútbol americano seguirán produciéndose y es de esperar que se mantenga en ese nivel, el de la polémica, sin llegar a la imposición autoritaria.
Las civilizaciones, las sociedades, crecen de la mano de minorías creadoras que vencen los desafíos que el devenir pone en su camino. Occidente se ha expandido de la mano de las burguesías europeas inicialmente y en el siglo XX la burguesía americana enfrentó incitaciones como la pradera, el océano Pacífico, la disolución de los imperios europeos y llegó a plantearse el reto del espacio, que llevaría al hombre a la Luna. Los proletariados imitan las formas y adoptan los valores de las élites creativas, es lo que se llama “mímesis”. Occidente vestirá chaqueta “americana”, oirá jazz y rock, el automóvil por familia es imperativo, Hollywood y Disney pasteurizan la cultura. Pero, tras la derrota de los totalitarismos en tres grandes guerras, la minoría creadora parece haberse quedado sin tarea y va rumbo a convertirse en una minoría dominante, que quiere mantener sujetas a sus masas no en función de la imitación admirativa, sino de imposición por la fuerza.
La tendencia a la mímesis se invierte, los grupos dominantes comienzan a imitar a los proletarios internos y externos. Así ha acontecido muchas veces a lo largo de la historia. Eso representó el rito del show de medio tiempo en el Super Bowl. El problema no es la entrada del proletariado latino en las capitales occidentales, sino que las minorías gobernantes ya no son capaces de crear y recoger lo menos valioso de lo que traen sus nuevos ciudadanos. En la misma línea están los casos del alcalde islámico de Nueva York y sus cuarenta correligionarios alcaldes en el Reino Unido. América Latina es territorio occidental, ¿podría en estas tierras frescas surgir la nueva minoría creadora que salve la herencia judeo-helénica enriquecida a nivel interplanetario por quince siglos occidentales? (O)