Con la proximidad del carnaval y sus exuberancias pienso que Celia Cruz tenía razón: “La vida es un carnaval y las penas se van cantando”. El desenfreno ya no se limita a un feriado; no hay goces frustrados.
Algunos historiadores consideran que el carnaval proviene de tradiciones católicas del Imperio romano (fiestas, sátiras, máscaras) previas a la Cuaresma (reflexión, ayuno, abstinencia). Otros lo vinculan con antiguos ritos paganos. Pero si el carnaval permitía una dosis de agresividad socialmente aceptada, ahora observamos torrentes de violencia bajo una falsa idea de libertad. La vida se ha vuelto un carnaval extendido y transgresor, propio de la licuefacción de valores tradicionales. Para ejemplo, el caso Epstein.
La cosmovisión cristiana de la realidad rivaliza con otras visiones y es relegada a muros religiosos.
Yoga, autoayuda, ciencia, esoterismo, extremismo religioso, mindfulness (“la espiritualidad del régimen neoliberal” para B. C. Han) son algunas vías para encontrarle sentido a un mundo dislocado.
Escribe J. M. Mardones que esta postura considera la utilidad religiosa en términos de una salvación inmediata, aquí y ahora, centrada en el bienestar individual. No es una crisis religiosa sino otra interpretación de lo sagrado; la religión se ha vaciado de misterio por exceso de moralización y rutina.
El supuesto retorno a la religión denota ligereza y pragmatismo como en la declaración de D. Trump: “Yo me porto bien porque tengo miedo de no hacerlo. ¡Porque no quiero meterme en problemas con él arriba! Por eso la gente va a la iglesia”. O de M. Rubio sobre la oración como el superpoder de EE. UU. Y la de F. Álvarez: “Si ustedes creen que cometí un error (…), por amor a Dios, por amor a Cristo, por amor a todos los santos, presenten una acción ante la CC”.
Todos creemos que hay algo mayor que nosotros, expresa F. Savater, pero señala con fina ironía: “Que haya que llamarlo Dios y que, además, sea bueno y nos quiera mucho, eso ya es más complicado”. Mientras seamos mortales existirá la religión “que a lo mejor no convence tanto, pero promete mucho”.
Si Dios había muerto para Nietzsche, es tanta su añoranza que ha vuelto a la medida de cada cual, como una medicina, una prótesis, un altar de emergencia para aliviar el sufrimiento existencial. O tal vez, en opinión de B. C. Han: “No es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”, ya que la ausencia de Dios no responde a la invalidez de la fe o credibilidad de la Iglesia sino a causas estructurales como el “declive de la atención”, centrada más en el ego y menos en el otro.
Z. Bauman plantea que la solidaridad actual es efímera, visible en plantones temporales (square people) ‘explosivos o de carnaval’, con tambores y disfraces. Tras unos días, la rutina regresa sin que la solidaridad logre un cambio estructural duradero.
Una vida menos enfocada en el consumo priorizando la moral con el ejemplo y ‘religando’ (V. Camps) a las personas bajo valores compartidos podría contribuir a tener esperanza en la convivencia humana. A no ser, claro, que le dejemos la tarea a E. Musk. (O)