Hungría vota este 12 de abril en una elección que no solo decidirá si Viktor Orbán conserva el poder después de 16 años. También dirá si la Unión Europea seguirá tolerando, en su mesa principal, a un gobernante que ha funcionado como el bloqueador más útil para los intereses del Kremlin desde dentro del propio bloque.

Por primera vez en mucho tiempo, Orbán llega herido. Las encuestas más recientes muestran al partido opositor Tisza, liderado por Péter Magyar, por delante de Fidesz. Un sondeo de Publicus publicado el 10 de abril le da a Tisza 52 % entre votantes decididos frente a 39 % para el oficialismo, mientras una proyección de Median del 8 de abril incluso abrió la posibilidad de una mayoría de dos tercios para la oposición. No es una derrota consumada, pero sí la prueba de que el viejo arquitecto de la “democracia iliberal” ya no controla del todo el humor del país.

Ese desgaste tiene causas concretas: estancamiento económico, costo de vida, corrupción y un régimen cada vez menos disimulado en su vocación de captura. La misión de observación electoral de la ODIHR, de la OSCE, describió una campaña dominada por mensajes alarmistas, confrontación sobre Ucrania y la Unión Europea, preocupaciones por el espacio cívico y una situación mediática profundamente desigual. La Comisión Europea ya había advertido en su informe de 2025 que en Hungría no hubo avances en independencia del regulador de medios, transparencia de la publicidad estatal ni autonomía editorial de los medios públicos.

A estas alturas, hablar de “democracia iliberal” suena casi elegante. Lo que Orbán construyó se parece más a una democracia cercada: una donde el Gobierno no solo compite, sino que diseña el tablero, reparte la luz y deja a la oposición en penumbra.

La escena más grotesca de esta campaña la aportó JD Vance. El vicepresidente de Estados Unidos viajó a Budapest a pocos días de la elección, pidió votar por Orbán y denunció la supuesta “injerencia” de Bruselas en el proceso húngaro. La ironía era tan gruesa que casi podía tocarse: un alto funcionario extranjero interviniendo a favor del oficialismo mientras acusaba a otros de intervenir. AP y Reuters describieron la visita como un respaldo explícito y extraordinario de la Administración Trump al principal referente del nacionalismo autoritario europeo.

Pero el punto de fondo no es Vance. Es Rusia. Orbán ha bloqueado ayuda europea clave para Ucrania, incluido un préstamo de 90.000 millones de euros, y ya en febrero mantuvo su veto a nuevas sanciones contra Moscú y a financiamiento para Kyiv. Nadie necesita demostrar que es un agente del Kremlin para sostener algo más importante: ha sido su aliado funcional más eficaz dentro de la Unión Europea.

Sobre la eventual injerencia rusa conviene no escribir con histeria, sino con bisturí. No hay una prueba judicial definitiva de una operación cerrada de Moscú sobre la elección húngara. Pero sí hay indicios cada vez más pesados. Reuters informó sobre audios filtrados en los que el canciller húngaro Péter Szijjártó supuestamente conversa con Serguéi Lavrov sobre sanciones europeas y ofrece enviar documentación relacionada con la adhesión de Ucrania a la UE. Reuters aclaró que no pudo verificar de forma independiente la autenticidad de las grabaciones. Eso no alcanza para una sentencia, pero sí para una sospecha estratégica de enorme gravedad.

Orbán acaso no sea el espía perfecto de una novela barata. Ha sido algo más útil para Putin: la cuña interna, el veto recurrente, el saboteador con asiento propio en la mesa europea. Y eso, para Europa, ya debería ser suficiente escándalo. Hoy Hungría no solo elige un Gobierno. Decide si sigue siendo un socio difícil o si consagra su degradación como caballo de Troya del autoritarismo ruso dentro de Occidente. (O)