El pragmatismo nació a finales del siglo XIX en EE. UU., impulsado por pensadores como Charles Peirce, William James y John Dewey. Surgió como reacción a una filosofía excesivamente abstracta y propuso una idea simple pero poderosa: una idea solo tiene sentido si funciona en la práctica, si mejora la vida de las personas y genera resultados tangibles. Tras años acompañando organizaciones, he llegado a una convicción clara: necesitamos recuperar ese enfoque. Este pensamiento está llamado a cobrar nueva fuerza en un mundo urgido de soluciones reales.

El pragmatismo es una manera lógica, sensata y ética de enfrentar la vida. Lo escucho con frecuencia en empresarios, profesionales y ciudadanos: los discursos ya no alcanzan. Siempre he admirado a los líderes –en países, empresas y ciudades– que ajustan a tiempo, aprenden de la experiencia y se concentran en lo que funciona. Esa forma de pensar no elimina los valores; al contrario, los vuelve operativos.

El pragmatismo es también una responsabilidad moral. Implica observar los problemas sin prejuicios ni rigideces y formular preguntas esenciales: ¿qué funciona?, ¿qué mejora realmente la vida de la gente?, ¿qué debemos corregir?, ¿quién resolvió este problema con éxito en otra parte del mundo? Y, sobre todo: ¿estamos dispuestos a aplicar esa solución aquí, aunque nos obligue a cambiar? Tomar estas preguntas en serio desata transformaciones profundas.

Conviene precisarlo: en el pragmatismo no vale todo. No es relativismo ni una flexibilidad que sacrifica principios. No justifica conveniencias ni ambigüedades éticas. El pragmatismo auténtico necesita valores; sin ellos sería oportunismo. Los valores marcan el rumbo; el pragmatismo muestra el camino. Cuando ambos se combinan, emerge un liderazgo que trasciende.

El pragmatismo se expresa cuando las decisiones se traducen en resultados. No es teoría: es ejecución. Es actuar con oportunidad, medir impacto y corregir cuando sea necesario. En política, en los negocios y en la vida, lo valioso no es lo que se proclama, sino lo que efectivamente sucede.

En medio del ruido y la polarización, el sentido común vuelve a ser central. En sociedades cansadas de promesas, actuar con pragmatismo se convierte en un acto de servicio. Desde que escribo en este Diario (2017) me he preguntado cuán distinto sería el país si, en momentos decisivos, hubiésemos dado más espacio a las ideas que funcionan.

Hay evidencias claras. China avanzó cuando dejó atrás rigideces improductivas y abrió espacio a la iniciativa privada. Su evolución suele resumirse en una frase atribuida a Deng Xiaoping: “No importa si el gato es blanco o negro; lo importante es que cace ratones”. En esa sentencia cabe una cultura entera: importa el resultado, no la etiqueta. Singapur, por su parte, convirtió el pragmatismo en disciplina nacional, con reglas claras, burocracia mínima e instituciones que apoyan la libertad económica.

Quizá este sea el momento de reencontrarnos con una idea sencilla y profunda: hacer lo que funciona y corregir lo que deba corregirse, con sentido común y responsabilidad.

¿Apostaremos por el pragmatismo este año? (O)