En una reunión de amigos, entre otros temas, alguien se refirió a los temblores y terremotos que podrían presentarse en la ciudad de Guayaquil o en cualquier otra parte del país.
Se recordó que hace diez años, en abril del 2016, hubo un terremoto de magnitud 7,8 en la escala de Richter que tuvo como epicentro a las localidades de Pedernales y Cojimíes, en la provincia de Manabí.
Hubo miles de edificios dañados y destruidos totalmente y aproximadamente 26.000 personas fueron afectadas por este fenómeno natural. A nivel nacional, el desastre causó 663 muertes.
También en la provincia de Esmeraldas hubo fuertes afectaciones. Incluso en Guayaquil se derrumbó una casa, un paso a desnivel en la avenida de las Américas.
El Gobierno nacional de entonces planteó reformas que permitieran recaudar recursos para la rehabilitación: partida del presupuesto del Estado, la Ley de Solidaridad, el alza del IVA (impuesto al valor agregado) por un año. Un conjunto de acciones que lamentablemente terminó en investigación de hechos de corrupción.
Diez años después, en varias zonas afectadas por el terremoto la reconstrucción no ha llegado a las personas afectadas, que aún sufren las consecuencias de ese trágico día.
Las estructuras no se han reconstruido y hay problemas que no se han podido resolver.
En el Ecuador no hay una estructura que reduzca los riesgos que amenazan a personas, pueblos enteros y construcciones oficiales y privadas.
Es necesario que frente al problema haya propuestas, aportando posibles soluciones.
Es una tarea para quienes legislan y es una obligación para los ciudadanos. Es también un tema de educación para niños, adolescentes y jóvenes.
En tanto, Guayaquil es una ciudad que requiere más preparación en prevención ante los riesgos de distintos tipos a los que están expuestos sus habitantes, como los sismos.
Ya hay en la ciudad barrios y personas que se unen para cuidarse mutuamente y salvar su ciudad.
Hay algunos ejemplos que me han comentado: el dueño de un terreno muy adecuado para construir, pero no lo hace porque prefiere dejarlo como cancha deportiva porque considera que es mejor para los niños y jóvenes que aprender a fumar marihuana en las esquinas.
Los jóvenes también pueden asumir la responsabilidad de cuidar el parque de su barrio o de promover un manejo adecuado de la basura.
Es necesario que los niños y los jóvenes aprendan a actuar en equipo, a compartir la tarea y a cuidarse los unos a los otros.
Volviendo al tema principal, es importante que los ciudadanos se organicen para colaborar con soluciones posibles para los problemas que las requieren y uno de esos problemas es evitar los riesgos que no solo son físicos, sino también intelectuales y éticos.
De esto somos responsables todos los adultos, sobre todo, con nuestro testimonio. (O)