El 16 de julio de 1950 lo tengo grabado a fuego. Con Gladys, mi hermana gemela, teníamos 8 años y no sabíamos nada del Mundial de fútbol. En casa reinaba un silencio extraño. Era invierno y anochecía temprano. Mamá había hecho pasta casera y andábamos en los ajetreos de después del almuerzo. En la mesa quedaba mi padre, la cabeza apoyada sobre las manos entrelazadas, inclinado sobre una radio que parecía escuchar solo él. De pronto, como un susurro, el relator brasileño dijo: “Gol… gol de Uruguay”.
Mi padre saltó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Gritó con una fuerza que parecía atravesar las paredes. Acto seguido, nos tomó de la mano a las dos, nos colocó un enorme zapallo en los brazos a cada una –los dos goles, según explicó después– y salió a la calle. Mi madre nunca supo cómo desaparecimos.
Recuerdo ríos de gente caminando, en bicicletas, en autos y volquetas. Recuerdo abrazos, cantos, banderas improvisadas. Y recuerdo a las gemelas tratando de sostener aquellos zapallos mientras nos convertíamos en una pequeña atracción popular. No sé cuánto caminamos. Solo sé que nos saludaban desde todas partes y que regresamos en el balde de una volqueta, agotadas, con los zapatos casi sin suela.
Nunca he visto un partido de fútbol entero. No logro disfrutarlo. En mi juventud más contestataria me resultaba incomprensible que 22 personas, 44 piernas y una pelota pudieran tener a un país pendiente de sus movimientos. Con los años he ido aprendiendo.
No se trata solamente de fútbol. La pelota crea una hermandad peculiar. Durante 90 minutos compiten banderas, himnos, historias y orgullos nacionales. Podría parecer una guerra simbólica, pero en lugar de tanques hay pases; en lugar de muertos, abrazos, lágrimas y celebraciones. La necesidad humana de competir encuentra un cauce que, con todas sus limitaciones, sigue siendo mejor que la violencia real. También despierta curiosidad por otros pueblos: buscamos países en el mapa, preguntamos por sus lenguas, sus costumbres y sus historias. Por unas semanas, el planeta parece caber en una conversación.
Me sigue asombrando que un partido pueda interrumpir conversaciones sobre guerras, elecciones o problemas cotidianos; que altere fechas de casamientos, agendas políticas y visitas papales. Me asombra que personas que no se dirigían la palabra terminen abrazándose después de un gol. Me asombra comprobar que seguimos necesitando relatos comunes, historias capaces de reunirnos más allá de diferencias.
Y me asombra, sobre todo, que la alegría simple –esa que parece inútil, pero es tan necesaria– pueda regalarnos un respiro colectivo. No como evasión, sino como cercanía. Por eso buscaré un grupo para vivir esas emociones y seguir haciéndome preguntas.
¿Por qué tantos héroes deportivos nacen en barrios donde escasean casi todas las oportunidades? ¿Por qué tantos niños sueñan con ser futbolistas antes que científicos? ¿Qué nos dicen esos sueños sobre nuestras sociedades?
Me interesa comprender por qué, de vez en cuando, los seres humanos necesitamos levantar juntos una misma esperanza. Quizá ese sea el verdadero milagro: que millones de personas, sin conocerse, descubran que, al menos por un momento, también comparten un mismo sueño. (O)











