Andrés Gómez Santos hizo en Ecuador lo que Jannik Sinner en Italia: movió el foco del fútbol al tenis. Gómez ganó 21 torneos ATP en individuales. Fue bicampeón en Barcelona, Hong Kong, Indianápolis y Boston. Fue campeón en Florencia, Forest Hills, Madrid, Burdeos, Dallas, Niza y Roma, en donde a Italia le ha tomado 50 años tener un ganador italiano. Y, un 10 de junio como hoy, ganó el Roland Garros en París.
Fue aún mejor en social que en solitario: raqueta número uno del mundo en dobles (1986) con 33 títulos y ganó un US Open y un Roland Garros.
Antes de cumplir su misión, Andrés recibió una transmisión: su padre, Pedro Pablo Gómez Sánchez, había sido vicecampeón sudamericano, también en dobles, jugando con Carlos Ycaza Coronel. Esa dupla forma parte de un fecundo árbol genealógico tenístico: Ana María y Ricardo Ycaza P., los Lapentti Gómez, Roberto Quiroz G. y los tres hijos de Andrés, destacando Emilio. Otros, sin estar en ese árbol, también le transmitieron ganas y apoyo económico, llevándolo a la academia Harry Hopman, en donde el célebre entrenador les puso el ojo a él y a su amigo Raúl Viver y les transmitió sus conocimientos.
Después de retirarse como profesional participó en los Masters, compitiendo con la élite senior del tenis mundial. Allí ganó el campeonato mundial en 2001, venciendo al legendario John McEnroe.
Luego, Andrés se dedicó a promover el torneo Challenger de Guayaquil y, sobre todo, a impulsar el tenis en la academia que mantiene con Viver, en donde ambos transmiten a sus pupilos lo que aprendieron en el mundo del tenis.
Una de las dificultades que Andrés ha encontrado en la tarea de generar legados es la inclinación de nuevas generaciones a esperar resultados inmediatos, como “influencers de la noche a la mañana”, o quienes entran en política para convertirse en millonarios instantáneos. En los 80 no se soñaba con varitas mágicas, Andrés Gómez consiguió sus resultados con tesón y disciplina, con entrega y dedicación. Cuando alzó los brazos en Roland Garros miró al cielo para conectarse instintivamente con la persona que secretamente le había sembrado la esperanza (el deseo como dicen los psicoanalistas) y lo había acompañado tantos años: su padre, fallecido cuando Andrés tenía apenas 18 años y quien no pudo disfrutar en vida de los triunfos de su hijo. Andrés fue el primero de la historia en romper protocolos en un Grand Slam, brincando a las galerías para abrazar a su esposa y a su hijo Juan Andrés, de 2,5 años, providencialmente entregado en ese instante por su cuidadora en el partido.
Su academia ha levantado el juego de jóvenes que consiguieron más de 300 becas de tenis en universidades de Estados Unidos, donde una carrera vale unos 200.000 dólares. Esto significa un legado de 60 millones, lo cual, al precio de la onza de oro, supera las 800 libras. Suficiente para hacer no una, sino cuatro estatuas de oro macizo, del mismo peso del Zurdo de Oro. Así de enorme es su transmisión.
El general Gómez y el almirante Illingworth (ambos ancestros de Andrés) estarían muy orgullosos de su descendiente. (O)










