La revista Foreign Affairs trae un importante artículo escrito por Adam S. Posen, presidente del Instituto Peterson de Economía Internacional, el cual aborda el cambio paradigmático en la economía global. El autor califica a esta etapa como “el fin de la era de predominio económico estadounidense”.
El cambio radical introducido por la Administración del actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, está transformando normas, comportamientos e instituciones a nivel global.
Estos cambios han alterado las estructuras económicas imperantes, y sus consecuencias geopolíticas serán duraderas.
Para comprender la profundidad de los cambios, muchos analistas y políticos se han focalizado en las cadenas de suministro y comercio.
Peterson lo califica como un “terremoto” que ha generado nuevas características, que dan por terminada la era de las estructuras internacionales que se habían acordado con tanto esfuerzo de negociación multilateral y bilateral desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, nacen nuevos patrones de comportamiento en las relaciones internacionales.
Trump no es el único responsable de la ruptura del orden económico y de seguridad que prevaleció durante ochenta años.
En un somero análisis, podemos añadir que han contribuido el cambio climático, el advenimiento de la revolución de la información y la tecnología, pero, sobre todo, “la pérdida de confianza del electorado estadounidense en las élites después de las guerras en Irán y Afganistán, la crisis financiera del 2008 y la pandemia del COVID-19”. Este nuevo contexto global bien puede ser el resultado de la desconfianza en los liderazgos políticos y en un sentimiento de frustración, hartazgo y resistencia de las poblaciones a los Gobiernos, sean democracias o autoritarismos.
Un nuevo ciclo de confrontaciones se avecina, en tanto los caminos del entendimiento y los acuerdos desaparecen, en los campos de batalla del populismo, la polarización y el radicalismo.
La norma que impera es la imposición, la amenaza y el uso mismo de la fuerza. La visión de un mundo transaccional, que no está basado en principios y derechos, la sobrecarga de políticas justificadas en la “seguridad nacional” y la lucha por la hegemonía tendrán un alto costo para las generaciones actuales y futuras.
El cambio sísmico de Trump impone a las naciones y sus sociedades buscar nuevos horizontes de conveniencia geopolítica, económica, financiera y comercial. El futuro, como he mantenido en esta columna, es incierto y, ante este reto, no caben improvisaciones, sino estrategias ofensivas y defensivas que garanticen el futuro del Ecuador y su población.
Navegar en las aguas turbulentas de los conflictos geopolíticos es más que un arte; es una necesidad para subsistir en un mundo que perdió el derrotero del entendimiento, por los artificios del uso del poder. (O)