Hay novelas buenas, regulares y malas, y hay otras, en menor número, excelentes. Naturalmente, el gusto va de por medio en estas calificaciones, pero lo importante es justificar por qué parecen de tan visible calidad. En ello, me empeñaré en las palabras siguientes. Su autora es la española Alana S. Portero, quien impresiona al impactar con su primera novela.
Se trata de una narración en primera persona de género femenino, que alterna hechos de su vida con las agudas reflexiones que estos le despiertan; es evidente que una conciencia adulta está recreando una existencia por todas las etapas de desarrollo, a partir de los cuatro años: muy pronto el lector advierte que la feminidad gramatical coincide perfectamente con una de emociones y visión de mundo pese a que se trata de un hombre. El espacio es el barrio madrileño de San Blas, que ya en los ochenta daba cabida a familias de obreros y donde la juventud sucumbía por el consumo de heroína.
La protagonista, cuyo nombre solo queda sugerido mas no informado, crece mordiendo un secreto que la agobia, en el seno de una familia armónica, centrada en el trabajo “para llegar a fin de mes”. La autora tiene una capacidad excepcional para crear personajes secundarios, que tienen una actuación intensa pero no duradera, marcados con rasgos inolvidables, como la vecina de “color piel de patata monalisa”, y las cosas también se caracterizan de forma única, como el pavimento con “aspecto de encía enferma”. Defiendo a ultranza la belleza del estilo que engasta imágenes originales describiendo la pobreza y que nutre de referentes cultos de su ingrata realidad.
El binarismo manda: el niño que se siente niña va absorbiendo feminidad por donde pasa, sea en la tienda popular de ropa o frente a los modelos de Boy George y Prince, íconos musicales que rompieron los moldes de lo masculino. El amor y la amistad son fundamentales para reconocerse a uno mismo: esto lo puede confirmar cualquiera, por tanto, es lícito y necesario que la protagonista se enamore y encuentre a sus iguales caminando por Madrid, hasta en el espacio que le permitirá entender que no solo ella está marcada por lo diferente: el cambiante barrio de Chueca.
Las personas trans han sido siempre criaturas de la noche. A los 18 años, la protagonista sale con apariencia de varón, pero lleva en su mochila los implementos de la conversión, junto a “las moiras” –amplio el apoyo mitológico de la autora– obtiene comprensión, cariño y consejos, eso que el feminismo llama sororidad. Como parte de esas damas nocturnas “son el ejemplo de la belleza de las sobrevivientes”.
La Gran Vía de la década cuando Madrid empezó a ser libre es el escaparate de la muchacha que regresa a su casa con vestido y tacones, también la calle donde el odio masculino la castiga. El círculo de la obra se cierra cuando regresa al barrio de sus padres. Margarita, la vieja trans que conoció en su infancia, enferma y deshecha será el punto culminante de la bondad de… ¿Alana? No es necesario saberlo, el lector está adherido a la voz narrativa. Felizmente, hoy ella es libre, ya no padece disforia de género, sino la euforia de vivir y escribir auténtica y buena literatura. (O)