La libertad de expresión es uno de los mayores logros de la vida democrática, pero también uno de los más incomprendidos. Es el derecho a pensar, decir, disentir, denunciar, aprobar. Es el espacio donde respira la conciencia colectiva. Porque al hacerse pública, la palabra deja de pertenecernos, otros pueden asumirla, deformarla, cuestionarla o enriquecerla.

Por eso hay algo que conviene recordar: expresar una opinión no la vuelve verdadera ni la vuelve justa.

La libertad de expresión no otorga infalibilidad.

Lo dicho puede –y debe– ser examinado, discutido, y refutado, con fundamentos claros, con pilares sólidos, demostrables. La crítica no es censura: es parte esencial de la libertad que protege la palabra. Sin ella la libertad se vacía.

Sin embargo, vivimos tiempos en los que quien cuestiona no es escuchado sino descalificado. Sean estas personas, instituciones, colectivos o periódicos, se les acusa de provocar caos, de desestabilizar, de sembrar conflicto, de atentar contra el orden. El debate se reemplaza por la sospecha, el argumento, por la deslegitimación, la razón por el temor y la persecución. Así, la crítica se presenta como amenaza y el silencio como virtud.

Cuando el poder teme la crítica, teme la verdad.

El cuestionamiento responsable no destruye el orden, lo fortalece. Señalar errores no debilita a la comunidad, la protege de su propia ceguera. El verdadero peligro no es el desacuerdo, sino la imposibilidad de expresarlo sin ser castigado.

Porque también el silencio comunica. El silencio frente a los hechos habla con elocuencia. Protege o abandona. Puede ser prudencia, pero también puede ser encubrimiento.

El silencio frente al asesinato de los niños de Las Malvinas no fue neutralidad, fue claramente complicidad. Fue el temor al rechazo colectivo, a que se cuestione el poder armado. Y ese miedo terminó normalizando la injusticia.

Reconocer errores no debilita a las personas ni a las instituciones. Las hace vulnerables, cercanas, perfectibles. Las dignifica si son capaces de enderezar el rumbo.

Sin embargo, persiste la tentación de sostener la apariencia de perfección, de negar fallas, de ocultar fracasos, de proteger la imagen antes de que la verdad. Esa actitud no preserva la autoridad: la erosiona, la vacía desde dentro.

Por eso, señalar lo que no funciona debe ser recibido como un acto de responsabilidad colectiva. La crítica honesta es un servicio público. Es el espejo que permite corregir y mejorar decisiones, acciones, y proyectos.

Y, sin embargo, ese espejo incomoda.

Las autoridades suelen rechazarlo porque revela límites, evidencia errores, incluso horrores, y exige cambios. Pero evitar el espejo no elimina las fallas: solo la perpetúa. Lo que no se reconoce se repite.

Aceptar el fracaso es un acto de inteligencia moral y política. Es el único camino para no reincidir en los mismos errores que luego se lamentan.

La crítica honesta, advierte. La verdad incómoda, previene. El reconocimiento del error, fortalece.

Una sociedad libre no es aquella donde nadie incomoda al poder.

Es aquella donde la verdad puede decirse sin castigo, donde el cuestionamiento no se teme y donde escuchar es parte del acto de gobernar. (O)