Consumidas la novela y la película con este nombre, debo hacer precisiones para no confundirlas. Son productos diferentes pese al carácter seminal de la primera, con muy distintivos rasgos propios. A mí me interesa, naturalmente, la pieza literaria, que se propuso llenar algunos de los espacios vacíos en la vida del gran dramaturgo William Shakespeare, de la que se sabe muy poco, con la imaginación, aunque centra su mirada en su esposa, de la que se sabe menos todavía: la nombrada Agnes, aunque se llamara Ann Hattaway.

La alternancia de capítulos impares para el presente –en el punto en que los niños mellizos Hamnet y Judith tienen 11 años– y pares, para conocer el origen de la pareja, es una decisión que, sin ser novedosa, le impone dinámica al lector. El joven preceptor que da clases de latín a unos chiquillos conoce a una mujer que deambula por el campo llevando un halcón sobre el puño, entabla relación con ella y engendran un hijo, que será primero motivo de escándalo familiar –estamos en la pacata Inglaterra del siglo XV– y de matrimonio después. La mujer es extraña: ligada a la naturaleza por una sabiduría casi espontánea, conoce de hierbas y bebedizos, y tiene una conexión casi muda con su marido, ocho años menor que ella. El joven borronea páginas que ella, casi analfabeta, no puede entender.

En la otra línea narrativa, los mellizos, dueños de gran semejanza y sensibilidad, se enferman de peste, primero ella y cuando sana, el chico cae irremediablemente afectado. Las páginas dedicadas a la desesperación materna, cuyo saber se agota y no puede salvar al hijo, son magistrales en su tensión gradual y agónico transcurrir. El padre llega de Londres cuando todo está consumado y el cortejo fúnebre con el niño en brazos pone todos los dolores juntos. Desde esa fractura familiar se esperaría que él no regresara a la capital, pero enseguida se marcha. La mujer no tiene claro qué lo ata a ese centro urbano que ella desconoce.

La narración es lenta, detallista, con información de plantas y costumbres rurales, con una omnisciencia siempre focalizada desde los personajes. Ella es capaz de entender que “un sitio dentro de la cabeza” lo tiene atrapado, pero no más; por eso la dedicación a Agnes está teñida de las más agudas intuiciones. El marido sigue siendo, a lo largo de toda la novela, el gran desconocido. Hasta la escena final, en la cual la película hace un trabajo mayor que la narración con palabras, porque permite ver, de un solo vistazo, un conjunto abigarrado y activo: la gente ingresando al teatro y situándose frente al escenario, con una Agnes arrastrada por la muchedumbre y ávida de descubrir por qué la obra que se estrenará frente a sus ojos se llama Hamlet –forma de Hamnet–.

Hay que quedarse en esa primera escena –los soldados de guardia, el príncipe danés y el fantasma de su padre pidiéndole justicia– para hacer las asociaciones que requiere la trama (de lo contrario veríamos que la tragedia contiene mucho más que el homenaje al hijo del bardo inglés), para seguir el exorcismo del dolor del padre. Por algo, Maggie O’Farrel termina allí su ficción, en uno de esos elocuentes finales inacabados en los cuales la entrega del receptor es indispensable, sospechando que por fin y para siempre, la esposa comprendió el trabajo creador de William Shakespeare. (O)