La muerte es parte de la vida, muchos creemos que es el paso ineludible a una vida eterna llena de paz, armonía y felicidad, asegurado cuando el tránsito por la existencia terrena ha sido fiel a los deberes cívicos, a la motivación social y desprendimientos, como fue la esencia existencial de don Boanerges Pereira Espinoza, reconocido e histórico personaje del convivir orense, ejecutor de innumerables acciones benéficas y obras en la ciudad que lo vio nacer, su querida y pintoresca Zaruma, en la sureña provincia de El Oro y en la actividad empresarial, razón de sus esfuerzos y esperas, entregados al cultivo y exportación de banano, en el que dejó huellas ejemplares al país y al mundo, pero que no cesan en interrogarse cómo logró durante varios años alcanzar para su banano, la notoria presea de Rey Banano, calificativo que distinguía la imagen del nonagenario empresario, siempre activo hasta poco antes de su sentido óbito.
Es evidente que los gestores del sitial que ha logrado la fruta ecuatoriana son ilustres empresarios, inversores incansables, cultivadores progresistas de la talla de don Boanerges, que en conjunción de esfuerzos y resistencia con miles de pequeños agricultores han enfrentado adversidades típicas de un mercado inclemente, en una lucha permanente contra plagas y enfermedades y el desborde de un clima proclive a aumentos excesivos de temperatura e impactos de precipitaciones atroces, pero que sin embargo, han logrado subsistir para entregar a la nación trabajo y bienestar, unidos a millones de divisas que sostienen la maltrecha economía, al convertir al banano y plátano los segundos aportantes a las exportaciones no petroleras y no mineras del Ecuador.
Lo realizado por don Boanerges en beneficio de su pueblo es ampliamente conocido y su accionar como líder de organizaciones sociales como el Club Rotario, que lo distinguió con honrosas nominaciones, no quisiera reiterar en ello para referirme a una etapa desconocida, como fue apoyar de distintas formas y manifestaciones las aspiraciones frustradas de miles de pequeños bananeros que encontraron en él un cauto pero efectivo amigo, asesor de planteamientos reivindicatorios, defensor asiduo del precio mínimo de sustentación y en la formulación de normas que consagraban sus aspiraciones. Pude atestiguar su compromiso cuando facilitó su producción para romper el duro monopolio de otras épocas y permitir el ingreso de nuevos actores privados o estatales que intervinieron en la compra de banano creando mayores elementos de competencia.
Fue un ciudadano de modestia y exquisita cultura, de trato igualitario a ricos y pobres, tanto que rechazó nuestra propuesta de plasmar en un libro su obra redentora y su trabajo en el campo, pródigo en anécdotas que reflejaban su entrega a las labores agrícolas y su profundo saber del acontecer de las plantas a las que les asignaba hechos exclusivos de los seres humanos que los vegetales realizan con eficacia. Su muerte deja un inmenso vacío, pero su nombre quedará grabado en la memoria colectiva, en la esperanza de que sus descendientes no dejen que el fruto de su inconmensurable labor desaparezca. (O)