Una de las tesis más conocidas que explica históricamente la caída de las grandes potencias es aquella que plantea que hay una tendencia hegemónica inevitable en ellas que las obliga a extenderse como una condición de su propia sobrevivencia. Roma creció todo lo que pudo. El Imperio mundial de los Habsburgo, formado por España y Austria también. Mongolia por poco llega al Atlántico. Esa expansión siempre tuvo un costo económico ligado a la construcción del poder que, en algún momento, presionó a los recursos más allá de sus capacidades. El último imperio en desaparecer, el más grande de la historia, el británico, duró más de 300 años.
En el siglo XX la palabra imperio denota más bien una metáfora, una evocación política, una figura retórica, porque la lógica de crecimiento territorial no acompañó a los procesos hegemónicos en las relaciones internacionales estadounidenses. Ellos fueron la potencia más importante del mundo en forma indiscutible. Su economía, su poder militar, su cultura, valores, y forma de vida acompañaron una expansión que no implicó, al menos hasta después del gobierno de Teodoro Rooselvet, posesión material de los territorios cuyas sociedades subordinaba; pero, al igual que lo que ocurrió con otras grandes potencias del pasado, el Siglo XXI parece constatar que el mundo que crearon cambió radicalmente y que el viento va en su contra.
La internacionalización de las normas liberales, que sustentaron el crecimiento económico norteamericano, aceleró la última etapa de la globalización, y con esas reglas, en ese terreno de múltiples conexiones e interdependencias, la sociedad China emergió como una potencia global formidable, por ejemplo.
El sustento del poder global de los Estados Unidos se volvió transparente durante el segundo gobierno de Trump en sus vulnerabilidades. Su fortaleza militar es abrumadora, pero ese recurso es insuficiente. La enorme economía, que también es mundial, no acompaña como antes la potencia material. La política estadounidense en términos estratégicos ha sido inestable y se ha refugiado en la capacidad de intimidación a los más cercanos. Ha amenazado a los europeos con tomar territorio; ha generado, como Roma en su decadencia, impuestos excesivos sobre los pueblos que controla pues eso son los aranceles especialmente duros con los allegados en Asia y Occidente. Ha desplegado militares en el hemisferio occidental y se ha aventurado en una expedición punitiva desordenada contra Irán que ha lesionado la economía global.
Más allá de las estatuas, la atribución de cualidades divinas a los emperadores y otros gestos anecdóticos que ocurrieron en Roma e ilustraron los antecedentes de su caída, y que muchos comparan con el histrionismo de las imágenes políticas actuales en Estados Unidos, los signos de la economía y de la ineficacia del poder militar para resolver problemas económicos y políticos, así como la solidez de las instituciones de justicia y electorales en ese país, por ejemplo, pueden ser señales de un momento de transición hacia otro mundo en donde el peso de Washington no será el mismo. Vivimos ese Ocaso. (O)









