Ismael Mayo Zambada, leyenda viva del crimen organizado en México, fue capturado en 2024 en el aeropuerto de El Paso (Texas) en una extraña operación que motivó múltiples rumores y especulaciones; se declaró culpable en una corte de EE. UU. y espera su sentencia en los próximos meses. Rafael Caro Quintero, el Narco de Narcos, se encuentra a la espera de un juicio en Nueva York. Amado Carrillo Fuentes, apodado como el Señor de los Cielos, fue uno de los pioneros del narcotráfico internacional; luego de episodios truculentos murió en el año 1977 en medio de una operación de cirugía estética.
Benjamín Arellano Félix, fundador del cartel de Tijuana, se encuentra también detenido en los Estados Unidos cumpliendo una condena de 21 años. Joaquín Chapo Guzmán durante mucho tiempo fue el líder máximo del cartel de Sinaloa; en el año 2019 fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua en una prisión federal de Estados Unidos. Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, a su vez líder máximo del cartel de Jalisco Nueva Generación, murió tras un operativo del Ejército mexicano en días pasados, debiendo señalar que dicho cartel logró convertirse en menos de una década en una poderosa estructura criminal con vínculos en todas partes del mundo. Con esa lectura, se podría aseverar que virtualmente ningún líder narco en México, cuna de los grandes carteles, se ha salvado de la cárcel o de la muerte, lo que facilitaría la guerra total contra el narcotráfico al suponer que, con el encarcelamiento o desaparición de sus líderes, las organizaciones criminales tienden inevitablemente a debilitarse y extinguirse. ¿Fin de la historia?
Sin embargo, la dinámica criminal del narcotráfico ha demostrado que en la realidad la captura o muerte de los líderes máximos de las estructuras criminales genera un proceso de desestabilización, radicalizando la violencia y facilitando la multiplicación de grupos que luchan entre sí por la captación del poder. Dicha situación ha permitido que entre los estudiosos de la historia criminal se generen dudas crecientes respecto del éxito de la estrategia centrada básicamente en la persecución de los líderes narcos, bajo la premisa que se ha comprobado históricamente de que la muerte o captura de ellos no constituye el paso definitivo para la eliminación del negocio criminal. El problema es que la dinámica de la economía que engloba el negocio del narcotráfico es de tal magnitud que cualquier análisis va a resultar insuficiente, sobre todo si cae en la ingenuidad de creer que la lucha contra el narcotráfico está ganada en la medida de la captura o muerte de los líderes máximos de las estructuras criminales.
Dicha realidad no significa, de ninguna manera, que las estrategias contra el narcotráfico deben excluir la necesidad de perseguir a los líderes principales de las bandas criminales. El punto es que ahora más que nunca hay que convencerse de que la espiral de violencia que genera el narcotráfico está desbordada por una multiplicidad de factores; entre ellos, la vigencia y decadencia de los líderes narcos son básicamente detalles de esta descontrolada historia que, al igual que se da en México, ocurre también en el Ecuador. (O)