Detrás de cada escritor, al lado, y casi siempre en la sombra, está un editor. Y no me refiero a los escritores cuando alcanzan esa proyección mediática masiva y global, sino a ese otro momento, siempre secreto, siempre invisible, donde un escritor inédito o arriesgado entrega un libro que no responde al tópico previsible de momento, ni hace concesión al sensacionalismo y la moda, menos aún al lenguaje aplanado y empobrecido, y que no teme desafiar a los lectores al apostar por algo distinto que le costará abrirse un camino. Luego de varios rechazos y silencios, ese escritor encuentra a un editor que palpa y percibe lo que se va a producir: una revelación, una grieta, una fisura en el mundo de la literatura. Y esto no significa que el camino será fácil, ni mucho menos, más bien es todo lo contrario. Ese editor pionero la mayoría de las veces sabe que las puertas no se abrirán con la engañosa promesa del éxito, sino con los rodeos y lentitudes propias de los grandes caminos alternativos, donde la extrañeza inicial de una obra distinta, de una escritura modulada a un ritmo propio, modificará la respiración del lector, y permitirá ver que el lenguaje, que el léxico, que la puntuación pueden llevar de la mano –de los ojos deberíamos decir– por caminos inesperados que forzarán la percepción del lector, a veces hacia la fatiga, a veces hacia el reto, como quien sube una montaña con la sensación de que ese esfuerzo es inútil y que no sirve para nada, y, sin embargo, continúa con esas páginas, con esas inesperadas torsiones que muestran que ese lenguaje de cada día, de todos los días, gira hacia el asombro y da una luz extraña, que no se agota en el instante, sino que sigue y avanza lentamente y resuena en la memoria como un sabor inédito. Al llegar a la cima de esas montañas, aire fresco, visión panorámica.

Nada de esto sería posible sin ese primer lector privilegiado que es el editor. Casi siempre a la sombra, anónimos la mayoría de las veces, a tal punto de que si uno se pregunta quiénes fueron los editores de Cervantes o de Lope de Vega, de Dante o de Boccaccio, de Shakespeare o de Tolstoi, tendríamos que consultarlo para que salgan nombres que apenas nos dicen algo más que el prestigio por aquellos que apostaron: Francisco de Robles, Juan de la Cuesta, la Viuda de Alonso Martín, Johannes Numeister, Evangelista Angelini, Christoph Valdarfer, Edward Blount, Isaac Jaggard, Mijaíl Katkov, Sofía Tolstaya. Ellos y muchos más, editores que se arriesgaron para darle un marco, un bello enmarcado a cada uno de esos manuscritos, y gracias a ese primer momento pudieron empezar el largo viaje de futuras ediciones, una cadena donde los editores hacen de puente, siglo tras siglo, para que lleguen hasta nosotros. En esta semana en la que se celebra el Día del Libro el 23 de abril, como cada año, la fecha elegida corresponde al aniversario del fallecimiento de Cervantes, Shakespeare y también el Inca Garcilaso de la Vega. La historia editorial de este último es una buena muestra. La primera parte de su gran libro, Comentarios reales de los incas, fue publicada en Lisboa por Pieter van Craesbeeck, pero la segunda, póstuma, titulada Historia general del Perú, apareció un año después de su muerte gracias a la viuda del impresor Andrés de Barrera. En la edición príncipe del libro consta lo siguiente: “En Córdoba, por la viuda de Andrés Barrera, y a su costa”. Esta última indicación –a su costa– es el indicador de que fue ella quien asumió todo el costo del libro, consciente de su valor y de la importancia que tendría para el resto del mundo.

Sería interminable referir los cientos de anécdotas de editores que apoyaron y dieron alientos a autores que han podido llegar a nuestros días, profesionales que supieron ver no solo las erratas de los manuscritos, sino que a veces percibieron lados de sombra en esos escritores y sugirieron mejoras, advirtieron carencias, subsanaron incomprensiones que en la mente de sus creadores parecían volcadas al papel, pero les faltaba una vuelta de tuerca, ese pequeño engranaje o retoque final que mejoraría el mundo verbal que saldría a la luz. Cada vez que tomen un libro en las manos, tengan presente que debajo de cada uno de ellos no solo estuvieron las manos esforzadas del autor, sino de editores, correctores, imprenteros, libreros, y hasta profesores que recomendaron su lectura y permitieron que esa escritura forjada en el aislamiento y encierro de hombres y mujeres en sus habitaciones propias o compartidas, llegue a nosotros y continúe su viaje al futuro. Un libro jamás es un lastre, debemos quitarnos de la cabeza la idea estática de las bibliotecas. Un libro es como una posta, viaja a través de los siglos, a una velocidad que nuestra vida demasiado rápida y fugaz no alcanza a ver porque, si bien van lentos, los libros vinieron mucho antes de nosotros y muchos de ellos seguirán más allá, y aunque no estemos como lectores, ese paso del libro por nuestras manos le abrió una posibilidad de futuro, es decir, transcurrió a través de nosotros y captó algo de nuestra vida y, a la manera de la extraña cadena del ser, avanza en su aventura. Cuando tomen un autor de siglos pasados, un Platón, un Plotino, un Boecio, un san Agustín, un Dante, un Nietzsche, un Dostoyevski, una novela de Jane Austen o un libro de poemas de Emily Dickinson, sepan que el viaje continúa y que haber llegado a nuestro puerto ha sido una renovación, como ocurre con toda relectura, y que si han viajado siglos es porque no solo el impulso inicial del escritor lo lanzó, sino que ha sido sostenido por el esfuerzo material de aquellos hombres y mujeres que trabajan en la sombra dando un cuerpo –páginas, tinta, tapas, encuadernación, distribución, pero también traducciones y a veces la vida– a las palabras de los otros: los editores. (O)