Cada ocasión que se instala una conferencia de las partes comprometidas con la mitigación del cambio climático renacen las esperanzas de logros o avances significativos en crear condiciones para vencer las inclemencias del tiempo producto del aumento planetario de calor. Se trata de encuentros de delegados de 195 Gobiernos donde se revisan los progresos frente a otros eventos y se analizan las promesas expuestas con anticipación en los planes elaborados por los países. Las expectativas se incrementan mientras se suceden fenómenos catastróficos, como inundaciones, sequías, ciclones, marejadas, atribuidos al descontrol en la emisión desaforada de gases de fuentes energéticas fósiles, que la prensa ha informado en detalle, con el relato de no pocos incidentes mortales de seres vivos y pérdidas de bienes que determinan daños económicos de no fácil recuperación y enorme reducción en la producción de alimentos.

La última COP, la 30, se efectuó en la Amazonía brasileña con sede en Belém do Pará, clausurada el 21 de noviembre, mayoritariamente calificada con el nada honroso epíteto de frustrante, al puntualizarse que en el acta final, principal documento que da fidelidad al convite universal, omitió mencionar categóricamente la quema incesante de combustibles fósiles como petróleo, carbón y gas, como protagonistas del fenómeno, peor la adopción de un cronograma antes resuelto. En paralelo, los organismos de supervisión evidencian el aumento en la atmósfera de CO2 (más de 400 ppm) y otros gases en niveles inaceptables que truncan las aspiraciones de todos, de reducirlos para sostener una temperatura que no sobrepase el 1,5 o 2,0 grados Celsius de promedio anual, máxima aspiración plasmada en el Acuerdo de París del año 2015, lo cual evidencia un frontal fracaso de esta cumbre, que no contó con la intervención activa de los países desarrollados que más emiten, especialmente los poderosos operadores petroleros.

Hay que reconocer que los negacionistas del cambio climático bajo la batuta de Estados Unidos (segundo mayor contaminador, que no asistió) y los grandes explotadores petroleros, como Arabia Saudita, Egipto y Emiratos Árabes Unidos, se coaligaron para armar una estructura lobista camino al fracaso de la reunión ecuménica, como realmente aconteció, ensombrecida por un incendio que obligó a la suspensión de las deliberaciones. Sin embargo, al igual que en la COP 29, la financiación climática también ha sido un tema clave en esta cumbre al establecer como positiva la movilización de por lo menos 1,3 billones de dólares anuales para 2035, para la acción climática o mitigación, y canalizar 120.000 millones de dólares por año hacia la generación de resistencia o adaptación a los impactos climáticos, haciendo un llamado para implementar acciones que frenen la diseminación de información negativa, recomendando respaldar a periodistas, científicos e investigadores que han sido víctimas de vejámenes y campañas deliberadas para evitar la divulgación de evidencias de los daños materiales y humanos del cambio climático. A pesar de los débiles resultados, se acordó proseguir con la COP31 en Turquía en el 2026. (O)