Primero, el multilateralismo. La región atraviesa momentos de fragmentación. Resisten, a pesar de su obsolescencia, los antiguos sistemas de integración comercial, aquellos que se construyeron en las décadas de los 60 y 70 del siglo XX, pero los regímenes multilaterales políticos se encuentran extremadamente debilitados. El más antiguo, la OEA, ha perdido capacidad de acción y los regionalismos de la primera ola rosa de las izquierdas han colapsado o están en cuidados intensivos. En estos momentos de cambio del orden mundial la institucionalidad internacional no tiene capacidades importantes de regulación o legislación. Reina la arbitrariedad. Los Estados de la región han abandonado las cláusulas democráticas, por ejemplo, y a nivel global el uso de la fuerza es una constante.
Segundo, la política exterior de los Estados Unidos. La emisión de la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos ha hecho del hemisferio occidental, el espacio central de sus intereses políticos y económicos. Washington quiere regular el acceso a los recursos naturales de la región y prevenir la presencia de otras influencias. La construcción de consensos no parece ser un instrumento de esa política, sino más bien la intimidación. Los EE. UU. ofrecen nada, a cambio de ello, a los países del hemisferio, ni inversiones (la Unión Europea y China son los más importantes), ni infraestructura, ni cooperación para el desarrollo, tampoco promoción de la democracia. Tratar con Washington y evadir la coerción se ha vuelto una prioridad de todos los estados del hemisferio en contextos de ausencia de derecho internacional.
Tercero, las elecciones en Brasil y Colombia. La segunda ola de las izquierdas electorales se caracterizó por la heterogeneidad. Mientras Boric promovía lógicas internacionales institucionalistas y valores vinculados a la idea clásica de democracia latinoamericana, Petro se confrontaba con Washington y con Bruselas abiertamente en casi todos los temas internacionales. Lula, más centrado, buscaba unilateralmente la relevancia global de Brasil, sin que haya podido concentrar, como en el pasado, a Sudamérica. Sheinbaum no ha podido escapar a una estrategia defensiva y de preservación frente a Washington; eso sí, continuando la retórica y las rencillas, sobre todo con varios países sudamericanos, de su antecesor. Pero México tiene una relación primordial, y está al norte de su frontera. Las elecciones en Brasil y Colombia marcarán la continuidad y sobrevivencia de las izquierdas democráticas latinoamericanas como proyecto regional. Los escenarios están abiertos.
Cuarto, China y la Unión Europea. Aunque con agendas distintas, ambas presencias siguen siendo vitales para los países de América Latina, en la búsqueda de diversificación de opciones internacionales, vinculada a la necesidad de autonomía. China es un mercado imprescindible para la región, indispensable para Sudamérica, que no puede ser reemplazado por los Estados Unidos. La Unión Europea, además de ser el principal inversor extranjero, es la influencia internacional más cercana a las agendas sociales y ambientales. Ambas enfrentarán un terreno hostil por las políticas de EE. UU. y su interacción pondrá a prueba la capacidad de agencia de los países de la región. (O)









