En El cerebro en danza (La Huerta Grande, 2026), asistimos a un ejercicio inusual y sugerente: la disección literaria y biológica de una de las artes en movimiento más fascinantes. Sus autores, el exbailarín principal del New York City Ballet, Joaquín de Luz, y la neurocientífica española Nazareth Castellanos, emprenden un paso a dos donde la entraña y la vivencia del creador encuentran su riguroso eco en las redes neuronales. La experiencia del exbailarín ocupa la primera mitad, seguida por la exégesis científica de la investigadora. Nazareth Castellanos ya había llamado la atención respecto a la compleja disciplina de las neurociencias en su libro anterior El espejo del cerebro (La Huerta Grande, 2024), con más de diez ediciones, donde demostró que la meditación es una herramienta cognitiva para tomar las riendas de nuestra atención y nuestras emociones.

La aportación de Joaquín de Luz es un testimonio que rehúye cualquier idealización de la danza. El escenario habitual del bailarín no es un refugio apacible, sino un territorio de desafíos de alta presión, del que da cuenta en unos breves y amenos capítulos libres de terminología especializada pero vivos de anécdotas bajo títulos como “Miedo”. “Dolor”, “Disciplina y adversidad”, “Rituales”, “El espejo”, “Para quién se baila” o “La música o las mareas interiores”, que terminan por revelar el mundo secreto de la danza. Describe los instantes previos a salir a escena, comparándolos con el ascenso a una montaña rusa, un “clic” incesante que anticipa la caída. Es en ese silencio donde el respeto cobra una entidad física. Para el cerebro humano, esta suspensión poética no es otra cosa que un estado de alarma. El lado B del libro, de la mano de Nazareth Castellanos, se vuelve una doble revelación desde el rigor de la ciencia. Para comprender la alarma crítica que expuso el bailarín, ella recurre al modelo del neurocientífico Karl Friston y su Principio de Energía Libre para argumentar que nuestra mente persigue minimizar la incertidumbre. Visto de esta manera, el pánico del bailarín frente a la expectativa del público y el riesgo del fracaso no son flaquezas o debilidades del espíritu, sino la biología misma enfrentándose a su mayor pesadilla. Para domesticar este terror paralizante, el cuerpo inventa ritos y escudos. De Luz confiesa convivir con una necesidad por la simetría y los rituales cotidianos, desde calcular con qué pie debe terminar de subir una escalera, hasta la inquebrantable manía de anudar los cuatro elásticos sobrantes de sus zapatillas antes de arrojarlos a la papelera. Lo que en la superficie teatral podría despacharse como mera superstición, la neurociencia lo legitima como un sofisticado anclaje cognitivo. Castellanos detalla que repetir una secuencia conocida disminuye la actividad de la red neuronal por defecto y reduce la hiperactividad de la amígdala. El ritual canaliza la atención del individuo, secuestrándola de la ansiedad y devolviéndole una sensación de control terrenal.

La danza también es un arte esculpido a través del dolor. El bailarín madrileño relata mañanas neoyorquinas donde su rodilla parecía pesar cuarenta kilos y el talón se negaba a despegarse del suelo. El intérprete, aquejado de lo que él mismo denomina el “complejo de Superman”, enmascara sus fracturas apoyándose en el compás de la música y en la cafeína para obligar a sus fibras musculares a responder una vez más. Castellanos explica este calvario desde la anatomía neurológica: la señal de los receptores del dolor sube por la médula espinal, entra por el tálamo y se representa en la corteza somatosensorial, para que luego la corteza cingulada dicte la desesperación o, en este caso, la superación. Los bailarines son profesionales que viven todo en carne propia, individuos en los que la voluntad frontal se impone tiránicamente sobre el tejido herido. En este exigente itinerario, el espejo del salón de ensayo se erige como un juez que devuelve una imagen muchas veces manipulada por la propia mente del artista. Se activa la propiocepción, el séptimo sentido, forzando al cerebro a fusionar la información visual externa con la percepción interna de su arquitectura corporal. Cuando ambas realidades no coinciden, sobreviene el castigo. Quienes poseen una alta autocrítica procesan esta disonancia visual como una amenaza, activando las alarmas de la amígdala. De ahí que la danza clásica sea una disciplina donde el riesgo de toxicidad psicológica y aislamiento es altísimo si no se cultiva la autocompasión. Frente a eso, respirar se revela como la gran modulación. De Luz narra su profunda necesidad de inhalar para apresar cada átomo de oxígeno de la sala antes de su entrada. Castellanos, traduciendo este gesto instintivo, expone que la inhalación nasal activa el minúsculo pero poderoso bulbo olfativo, el cual transmite información directa al hipocampo y a la corteza cingulada. Esta respiración ordena a las neuronas, obligándolas a coordinarse en una perfecta coreografía electromagnética. Paralelamente, alargar la exhalación nasal frena el ansia instintiva y mitiga la angustia, relajando las estructuras cerebrales donde se asienta la emoción. Y ocurre el prodigio. Es el instante que De Luz denomina “la zona”, un estado de trance excepcional donde el control fluye sin esfuerzo, los saltos quedan suspendidos y los giros parecen nacer de una libertad sobrehumana. Durante la actuación, el cerebro inhibe la actividad del precúneo y de la ínsula, áreas vinculadas a la identidad propia. El bailarín pierde su biografía personal para ser poseído totalmente por la obra y el personaje. Esta transmutación permite una comunión colectiva. Bailar, e incluso observar la danza, sincroniza la dinámica de la frecuencia cardíaca y la actividad cerebral de los presentes. Ante el movimiento acompasado, el cuerpo libera endorfinas, reduce su percepción del dolor y fomenta una comunidad invisible.

En El cerebro en danza me resulta fascinante que reconocer los engranajes biológicos no desencantan sobre el misterio de la creación. Este libro representa el paso lógico y maduro de una investigadora que, tras descifrar el bienestar en el silencio y la quietud de nuestra mente, anima a encontrar la salud y el equilibrio en la poética del movimiento del cuerpo. (O)