¿Nos cobija a los habitantes de la Tierra un símbolo que abarque todo el planeta, como una bandera planetaria? ¿No son, precisamente, las guerras que nos quiebran resultado de esa falta de un genuino acuerdo entre todos los terrícolas? Hubo un tiempo en que, pasada la mortandad de las guerras mundiales, la humanidad, a través de los Estados, puso su esperanza en la Organización de las Naciones Unidas. Pero, con el pasar de las décadas, la desunión de los países es un hecho aplastante y quienes los gobiernan están en disputas con sus pares gobernantes para obtener una ventaja sobre los otros, sea lícita o ilícita.
Las noticias de la misión Artemis II replantean la idea de que la conquista del espacio –el irnos a otra parte de la galaxia– es posible si los avances de la tecnología nos lo permiten. Pero ¿se puede imaginar quiénes controlarán ese proceso de emigración cuando ya todo esté por acabarse en la Tierra? ¿Quiénes serán los que sobrevivan y quiénes los que mueran si el mundo continúa organizado como lo conocemos? Al observar a nuestro planeta desde la distancia, y volver a constatar su belleza y su fragilidad contundentes, ¿no nos toca construir una compasión universal por nuestro planeta, es decir, por nosotros?
En 2023 la escritora británica Samantha Harvey publicó una de las novelas más bonitas, sensibles e inteligentes de los últimos años: Orbital (Barcelona, Anagrama, 2025), que narra –en la precisa y elegante traducción de Albert Fuentes, con un lenguaje y ritmo envolventes que imantan la atención del lector, pues contiene descripciones de cuidada belleza– cómo viven, piensan y sienten seis astronautas (americano, japonesa, británica, italiano y dos rusos) la experiencia de hallarse en un nave que, por noventa días, orbita la Tierra dieciséis veces cada día, siempre hacia el este, con una velocidad de 28.000 kilómetros por hora.
Hay momentos filosóficos y de dimensión metafísica en esta visita al espacio exterior. La voz narradora pregunta cuál es el sentido de dar vueltas y vueltas sin ir a ningún lado: “La Tierra es la respuesta a todas las preguntas”, responde. ¿No nos está diciendo la conquista del espacio que se trata de una conquista de nosotros mismos para llegar a una mejor comprensión de la unidad en la que vivimos todos los seres sintientes e inertes en este rincón del universo? Si sabemos de la finitud de todo –esta Tierra en miles de millones de años será una bola humeante sin vida–, ¿cómo es que no logramos un mejor habitar entre nosotros?
“La humanidad no es un país u otro, es todo junto, siempre juntos, pase lo que nos pase”, se dice en la novela de Harvey. Por eso, toda empresa de las personas debe apuntar a una convivencia diferente, pues “es posible que, contra todo pronóstico, emigremos a Marte y fundemos una colonia de amables conservacionistas, gente que querrá conservar rojo el planeta rojo, y diseñemos una bandera planetaria porque eso es lo que nunca hemos tenido en la Tierra y hemos terminado preguntándonos si ese fue el motivo por el que todo se fue al traste, y desde allí contemplemos la tenue mancha azul que es nuestra vieja Tierra convaleciente...”. (O)