Ella tomaba una copa de vino de la Mancha en un restaurante español de Washington. No era casualidad. Frente a mí estaba una ecuatoriana que lleva años peleando contra molinos bastante menos poéticos que los de Cervantes: sistemas educativos que hablan obsesivamente de inteligencias artificales, tecnología y futuro, mientras millones de estudiantes aún no comprenden lo que leen ni desarrollan las habilidades mínimas para habitar el siglo XXI.

Ana María Raad es una comunicadora, antropóloga y emprendedora social con más de 20 años de experiencia en innovación educativa e impacto social en América Latina. En enero de este año fue reconocida en Davos por el Foro Económico Mundial y la Fundación Schwab con el Premio de Innovación Social 2026, por su trabajo para reducir brechas educativas en América Latina.

A la mañana siguiente, en un día algo nublado, caminó por la calle Constitution, giró en la 17th y entró al solemne edificio de la Organización de Estados Americanos (OEA). Se dirigió a uno de los salones principales del segundo piso y ahí, frente a embajadores, expertos en educación e invitados especiales, presentó el diálogo “Innovación y creatividad para la educación como motor de desarrollo”.

Más de la mitad de los estudiantes en América Latina y el Caribe no comprenden lo que leen. El 75 % no alcanza niveles básicos en matemáticas. La región está 5 años de escolaridad por debajo del promedio de la OCDE. Más del 80 % de los docentes presenta bajos niveles de habilidades digitales y el 70 % recibe formación que no está actualizada para las necesidades actuales. Ese fue su diagnóstico.

Entonces, ¿de qué queremos hablar cuando hablamos de innovación en educación? Mientras en muchos entornos se discute sobre si se usa o no el teléfono y el internet en clases, mientras se formulan hipótesis sobre el impacto de la IA en el aprendizaje, hemos dejado de ver lo más elemental: al docente. ¿De qué sirve que el mayor rubro de inversión en educación de la región esté orientado a la accesibilidad y conexiones si los profesores no saben cómo desenvolverse en esos entornos?

En su presentación, Raad desmontó varias obsesiones contemporáneas, enfatizando que hay que poner la pedagogía por delante y no la tecnología. Vivimos obsesionados con la hiperactividad y la producción constante, como dice Byung-Chul Han. Acumulamos plataformas, aplicaciones y discursos sobre el futuro de la educación, mientras evitamos la pregunta incómoda: ¿están realmente aprendiendo nuestros niños?

La tecnología tiene una ventaja política: permite simular velocidad. Y en nuestra época solemos confundir movimiento con transformación.

La verdadera innovación educativa probablemente sea mucho menos glamorosa: tener mejores docentes. Y ese es, precisamente, el corazón del trabajo de la ecuatoriana Ana María Raad y de su fundación Reimagina.

En la Mancha, don Quijote confundió molinos con gigantes. Nosotros estamos confundiendo tecnología con transformación. Y mientras perseguimos ese espejismo, millones de niños siguen esperando algo mucho más revolucionario que una pantalla: un buen profesor. (O)