La frase del título de esta columna ha sido utilizada para señalar a quienes se oponen a determinadas actividades o proyectos relacionados con la explotación de recursos naturales y, en el caso concreto del Ecuador, para nombrar a individuos u organizaciones que están en contra de la minería.
Esa afirmación lleva en sí ideas y posicionamientos respecto al concepto de progreso. Para algunas personas, esa palabra es sinónimo de mejoramiento, avance y proyección positiva. Para otros, el cambio que es consustancial a la vida en el universo y, por supuesto, a las sociedades debe ser analizado desde la perspectiva de la sostenibilidad y de la preservación.
El progreso que destruye, agota recursos, contamina el medioambiente o beneficia a unos en detrimento de otros no es un camino que se debe seguir. Por el contrario, es necesario oponerse a él, para que el cambio responda a reales necesidades de la mayoría de la gente y no esté atado a intereses puramente financieros de corporaciones o grupos, motivados casi exclusivamente por la febril búsqueda de beneficios propios.
El caso de Quimsacocha, sitio ubicado en el Macizo Biósfera Cajas y lugar de una de las mayores fuentes del agua que permite la vida en la montaña, en los caseríos, en los pueblos y en la ciudad de Cuenca, fue una ocasión más para que quienes defienden la explotación minera en ese sector y en cualquier otro, ¡poco importa!, califiquen a quienes se oponen a esas iniciativas como “atrasapueblos”, pues consideran que las riquezas metálicas que ahí existen deben ser extraídas porque en ese proceso ingresan recursos al país, se generan puestos de trabajo y la economía se dinamiza, resultando todo eso en un gran progreso para los ecuatorianos, según ellos.
Pero la oposición a la explotación minera, no solo en Quimsacocha sino en todos los lugares protegidos por la Constitución y por las leyes de la República, tiene claras intenciones de contribuir con el progreso sostenible del ser humano y con el bienestar del medioambiente que le es intrínsecamente inseparable. El estribillo agresivo de “atrasapueblos” no tiene sustento. Por el contrario, quienes explotan o quieren hacerlo se valen de todas las argucias y maniobras para ejecutar sus pretensiones, impulsados por los grandes ingresos que obtendrían en su calidad de socios o partícipes en cualquiera de los momentos de esos procesos, destruyendo o deteriorando la vida social y orgánica de seres humanos y de la naturaleza.
Algunos países, de los más desarrollados del mundo, como los europeos Suiza, Países Bajos y Dinamarca y, otros de diversas latitudes como Nueva Zelanda y Corea del Sur, luego de haber devastado su entorno natural, están regresando a prácticas sociales que priorizan el cuidado del medioambiente y la transición a economías verdes. Esas sociedades sofisticadas comprenden la importancia vital de la preservación de la naturaleza y adaptan sus formas de vida social al ecosistema al que pertenecen. Sus políticas sociales y la idiosincrasia de su gente se fundamentan en la importancia de la no contaminación y del no negociable mantenimiento de la vida, como nosotros, los “atrasapueblos”. (O)










