En su cuento El abuelo Martín, la escritora argentina Claudia Piñeiro relata la historia de un nieto que debe reformar la casa de un abuelo para venderla; de un cuadro de la abuela en vestido de novia colgado en una pared que se dispone a tirar; de un abuelo que se sentaba frente a ese cuadro al caer la tarde y, cuando alguien decía algo en contra de aquella abuela que lo abandonó, él respondía: “Todos hablan, pero nadie sabe”.
Vivimos en una época en la que todos hablan, pero nadie sabe. Todos hablan, pero nadie escucha. Todos hablan sin saber por qué. La necesidad y la necedad de pontificar se nos han metido en la piel y son una peste peor que el COVID-19.
Tal vez por inercia o aburrimiento abro las redes sociales. Tal vez por esa estúpida manía de creer que la vida pasa ahí, que las noticias llegan más rápido o que, si no estás en X, Facebook e Instagram, no estás en nada, no existes. Tal vez por todo eso abro las aplicaciones y encuentro, salvo honrosas excepciones, una réplica cruel de todo lo que está mal en el mundo.
Ya no recuerdo bien los siete pecados capitales porque hace muchísimos años dejé de pecar, pero, si los repasara, con toda seguridad ahí en las redes están todos juntos: escritos con la peor sintaxis y ortografía del caso, pero todos juntos.
La vanidad en políticos, politiqueros y aprendices se desborda con una arrogancia que raya en lo increíble. Desde una curul, desde un ático, desde un balcón o desde un cuartel, la soberbia y el alarde de superioridad imperan sin despeinarse porque la sordera parece universal.
El gran Gianni Rodari propone un ejercicio de escritura: ¿Qué pasaría si...? Ejercicio que, cuando yo lo he trabajado con adultos, no ha dado mayores resultados, pero con niños el efecto es desternillante. Los pequeños aprendices de escritores sueltan ese caballo desbocado de su imaginación y escriben linduras.
Yo me pregunto qué pasaría si quienes nos gobiernan, quienes nos gobernaron y quieren volver, quienes legislan, quienes juzgan, quienes opinan, quienes hablan, quienes callan y quienes nos vigilan, por un solo día en su vida, se detuvieran a mirar; a observar con la mirada minuciosa de un neurocirujano, con la mirada puntual de un relojero, con la mirada exacta de un matemático, con la mirada analítica de un ingeniero, con la mirada vulnerable de quien se sabe falible y quiere mejorar. ¿Qué pasaría si?
Quizás descubrirían que, cuando se mira de cerca, el día a día de los ecuatorianos es bastante menos fácil de lo que ellos creen. Quizás entenderían que mirar exige humanidad, que escuchar exige paciencia y que comprender exige humildad. Virtudes que hoy parecen haberse escondido. Quizá, finalmente, dejarían de acumular poder y empezarían a ver “con los ojos del alma”, como canta Eladia Blázquez.
¿Qué pasaría si?
Tal vez poco. Tal vez nada.
Tal vez el país seguiría exactamente donde está. Pero durante un día entero habría menos ruido y menos alardes. Y, a estas alturas, muchos de los ecuatorianos de a pie agradeceríamos la paz de ese día. (O)