Llueve al atardecer y llueve en el alma también; el tiempo pasa, las horas se alejan y el viento se lleva los recuerdos, arrastrando lágrimas que brotan silenciosas añorando el pasado: el padre en la cabecera de la mesa, al lado su mujer, ambos, con una sonrisa, compartiendo el pan con sus hijos, quienes, sentados respetuosamente esperaban que aquel diera inicio al ritual del mediodía, previo el rezo que precedía al alimento. Luego, los niños jugaban a las rondas, entonando inocentes canciones que repetían sin cesar, danzando en la calle o en el patio de su vivienda. Terminada la tarde, con un beso en la frente, los padres les daban las buenas noches, cerrando el toldo que los libraba de los mosquitos. Afuera, torrenciales aguaceros inundaban, a veces, las calles que debían cruzarse en canoa. A la media noche y a lo lejos, el rasgar de las cuerdas de las guitarras, con los boleros en las voces de los lagarteros, rompían el silencio enamorando a las chicas de la vecindad.

Al día siguiente, el jefe del hogar salía temprano a trabajar, a pie o en tranvía, que lo conducía al otro extremo de la ciudad, en medio de los gritos de los pregoneros anunciando la venta de periódicos, pan, carbón, kerosene, guineos, cangrejos, gallaretas; y, toda clase de productos que eran llevados a las casas de madera o de caña del centro de Guayaquil que, apenas, contaba con más de cien mil habitantes. Eran las primeras décadas del 1900. El ambiente era apacible, todos podían caminar o pasear por las calles sin temor de ninguna especie y los niños podían jugar fuera de sus casas, compartiendo con los vecinos del barrio, los cuales se engalanaban para las fiestas de julio y octubre. Llegados los años cincuenta, la urbe ya contaba con algo más de 250.000 habitantes y empezó una explosión demográfica sin precedentes, con la llegada de la gente del campo que se movía al puerto para encontrar mejores condiciones de vida que les ofrecían los políticos de turno para captar votos y, por ende, la alcaldía. Así, en los años 70, había más del millón de habitantes. Y todo empezó a cambiar y el mundo también. Como decía Neruda, “… nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…”. Se mudaron las costumbres, la música y los bailes; cesaron las rondas, se acabaron los juegos infantiles, el girar del trompo en una mano, y callaron para siempre el “ron ron ron, Felipito, Felipón…” y las serenatas.

Muy lejanos están aquellos días. Hoy, el celular es nuestro inseparable compañero, sustituyendo a amigos y familia. Ahí tenemos todo, o casi todo: comunicación, información a cualquier hora, cámara fotográfica, calculadora, linterna y entretenimiento.

En estos tiempos, no nos sorprende saber que, fuera, las guerras pueden durar más de cuatro años y que centenas de inocentes agonizan y mueren diariamente, que son despojados de sus hogares; niños sin padres, huérfanos de todo, sin pan, sin techo, sin nada, con el temor de que, de pronto, una bomba los destroce para siempre.

Se acabó la paz, la paz en los hogares, en los barrios, en las ciudades, en los países, en el mundo. La violencia se adueñó del paisaje y todos entramos en esa espiral de terror… ¿Hasta cuándo? (O)