Hace menos de un año, Harry Kane comentó que, sin ganar la Champions o el Mundial, probablemente no se llevaría el Balón de Oro, aunque marque 100 goles en la temporada.
Este lunes, afortunadamente para él, ocurrió lo contrario: Kane recibió el Balón de Oro de manos de Ronaldo Nazário en el London Palladium, por delante de Kylian Mbappé, Lionel Messi y Lamine Yamal, convirtiéndose en el primer inglés en ganarlo desde Michael Owen en 2001.
Desde esta columna aplaudimos que los votantes, esta vez, hayan mirado la cancha y no la pantalla del celular o la publicidad de las marcas.
Y es que los números no admiten discusión; con el Bayern Munich hizo 36 goles en la Bundesliga; 11 en otros dos torneos y 14 en la Champions League; un total de 61 goles en 51 partidos.
Esos goles le dieron al Bayern Munich el doblete de liga y copa en Alemania, con un hat-trick en la final, y a él la Bota de Oro europea.
En la historia del Bayern Munich en la Bundesliga solo el histórico goleador Gerd Müller marcó más en una temporada.
Con la selección de Inglaterra marcó 12 goles: seis de ellos en el Mundial en Norteamérica, donde su selección fue tercera, su mejor puesto desde 1966, y se convirtió en el máximo goleador histórico de su país en mundiales.
Kane es un 9 completo: baja a construir, asiste, ordena el ataque y sostiene al equipo cuando el partido se complica. Letal en el área.
A eso suma su liderazgo como capitán y una conducta intachable, que nunca necesitó del escándalo, ni tatuajes ni aretes ni joyas estrafalarias.
Por estos motivos, este premio dice tanto del jugador como del propio Balón de Oro.
Durante varios años el debate sobre el premio se contaminó con otras lógicas: la del jugador más viral, la del favorito de los influencers, la de la estrella que conviene a los dueños de los derechos de televisión y a las marcas.
Este año también sobraban tentaciones: como España ganó el Mundial había que premiar a un español; Lamine Yamal es el rostro del futuro; Mbappé lleva años esperando su turno; y siempre Messi, cuya grandeza nadie discute, pero cuya sombra no puede pesar eternamente sobre la votación. Basta ya.
El Balón de Oro debe premiar al mejor, no al más popular ni al más rentable.
Kane, además, es la antítesis del producto de marketing. Durante años cargó con la etiqueta del goleador sin títulos, y él mismo lo recordó en el escenario: “Tuve que esperar mi turno y trabajar duro”.
Su premio reivindica la constancia y la trayectoria frente a la fama instantánea.
Habrá quien diga que un Balón de Oro sin Champions League ni Mundial es incompleto; pues, desde esta columna, creemos lo contrario: prueba que se valoró lo que hizo el jugador, no solo lo que ganaron sus compañeros.
Los títulos dependen de muchos factores; 73 goles en una temporada dependen de uno solo.
Ojalá sea el comienzo de una nueva manera de entender el premio.
Felicitaciones a Harry Kane.
El Balón de Oro, por fin, volvió a su dueño natural: el mejor de la temporada. (O)










