Las campanas de San Agustín nos despertaban a diario.
Para mí, su tañido siempre era igual. Me imaginaba a un cura muy pequeño que, atrasado a algo, las tocaba con fervor y prisa. Por alguna razón inexplicable, aquel individuo quería sacarnos de la cama. Pero la abuela decía que no, que el taita cura no se movía, que el encargado era el sacristán y que las campanas no sonaban siempre igual.
Y así lo comprobé. Su tañido podía ser de una lentitud parecida a la tristeza, pero a la vez solemne. Aprendí a reconocerlo porque, al oírlas, la abuela decía palabras raras, miraba al cielo, se santiguaba y exclamaba: ‘Diosanto, quién se habrá muerto’. A veces era rápido y alegre; entonces mamá y la abuela se ponían sus mantillas negras y salían en picada porque se atrasaban a alguna ceremonia que salvaría su alma. Cuando el toque era insistente, venía el Jesús, ¿qué pasaría?
La campana del colegio siempre sonaba igual. Su sonido era el inconfundible sonido de la libertad. Anunciaba los dos únicos momentos felices: el recreo y la salida.
La sirena del viejo molino marcaba el ritmo de la pequeña ciudad. Gracias a su estridencia sabíamos que había que apurarse para llegar al colegio, que papá llegaría en breve a almorzar, que el tío Mocho pasaría raudo y elegante en su paletó hacia el cine Rex, que la noche estaba ahicito, que el miedo llegaría con la oscuridad.
Hacia el lado del río oíamos el tren. Su pitido inconfundible, el traqueteo de sus ruedas sobre los durmientes y la humareda me llevaban siempre a soñar. Una sensación de intriga se me asentaba en la panza. Una ilusión esquiva me invitaba a pensar: ¿adónde irá? Se oía a lo lejos, como un eco puntual que rompía la rutina del café de la tarde. También se oía, con un temor habitual, la sirena de la ambulancia que llegaba al Hospital General con algún enfermo, herido o muerto. A veces eran pacientes de LEA, la unidad de tuberculosos. Los veíamos bajar andando, no en camilla como los otros. Los recuerdo flacos, lentos, cadavéricos.
Las campanas, los timbres, las bocinas y las sirenas daban la idea de un orden. De una ciudad respetuosa. Pero eran los años sesenta: el petróleo y la prepotencia aún no habían llegado. La burocracia obesa tampoco. Los servidores públicos servían, no se servían.
Volvía a mi casa por una avenida, iba con el corazón en la boca. El tráfico no permitía avanzar y, a pesar de haber salido con suficiente tiempo, no llegaría a la reunión de trabajo prevista. Eran casi las seis de la tarde cuando escuché la sirena. En aquel tráfico congestionado, ningún auto podía dar paso a la que supuse sería una ambulancia con un infartado, un niño herido o una mujer presta a parir. Todos los horrores y las angustias tristes se me pasaban por la mente mientras intentaba subirme al parterre o abrirme paso casi rozando el auto de al lado.
La indignación me llegó con náusea al comprobar que la sirena no anunciaba una emergencia. Un auto negro entero, hasta los vidrios, y sin placas, quería pasar. En estos tiempos del ruido, la prepotencia se pavonea al ritmo desacompasado de una sirena que vocifera: ¡Abran paso, carajo! ¡Aquí llego yo! (O)









