Antes de que aparecieran los grandes negocios que centralizaron la provisión de abastos a los hogares de la capital, había pequeños negocios dispersos en toda la ciudad, las llamadas tiendas de barrio, donde el administrador (operador) con cierta frecuencia salía a hacer compras en ferias y mayoristas para abastecerse de la mercadería necesaria para satisfacer el consumo de sus clientes (mantenimiento). Sin embargo, por alguna razón el azúcar estaba escaseando y la cantidad disponible no alcanzaría hasta la próxima salida. Oportuno y diligente, el operador sale a adquirir el faltante para cubrir el déficit; no quería vender “el no hay” (operación y mantenimiento juntos); el crecimiento de la tienda está asegurado.
Pasó el tiempo y el sistema se revirtió, ahora, el mayorista visita y entrega la mercadería en la tienda (mantenimiento), fabuloso para el operador de esta, ya no tiene que movilizarse para comprar, pero no se da cuenta de que, por alguna razón, el azúcar podría estar escaseando y la cantidad disponible no alcanzaría hasta la próxima visita del mayorista; no le queda otra cosa que vender el “no hay” (operación y mantenimiento separados); el decrecimiento de la tienda está asegurado.
El Metro de Quito tomó el segundo atajo del cuento, es decir, separar dos actividades que por naturaleza son siamesas. La idea de separar la operación del mantenimiento nace en la elaboración de los pliegos para la contratación del operador internacional. Por este y otros errores, en 2023 hicimos observaciones y críticas oportunas; sin embargo, se firmó el contrato de operación sin cambios (es la raíz del mal). Ahora, el Metro tiene dos contratistas: uno para la operación y otro para el mantenimiento del material móvil. Cuando, por alguna razón, el operador siente algún síntoma de falla (filtros de aire en el tren), no puede hacer nada (como debería), sino que tiene que comunicar al contratista de mantenimiento, lapso en el cual la falla se presenta. Es lo que sucedió en la última paralización de siete horas; no hay sabotaje, la causa es clara. Esta y las otras disfunciones han descubierto la fragilidad del sistema; la enfermedad seguirá hasta cuando entiendan que operación y mantenimiento deben tener un solo contratista. (O)
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Marco A. Zurita Ríos, ingeniero civil, Quito



















