Las medidas económicas anunciadas por el presidente Lenín Moreno esta semana han sido agua tibia, lejos de ser lo bastante profundas para resolver los problemas estructurales a los que nos enfrentamos. Al déficit que venimos arrastrando desde ya hace años, ahora se le suma una desaceleración en el sector privado, producto de la crisis mundial causada por el coronavirus. La demanda mundial por petróleo, banano y camarón, fuente de prácticamente todo el movimiento de la economía ecuatoriana, se ha ido a pique. Nos estamos enfrentando a un escenario crítico.
Aunque a veces puede ser repetitivo echarle la culpa de todo al régimen anterior, vale la pena indicar que la difícil situación económica que se avecina tiene sus raíces precisamente en la política fiscal y presupuestaria de Rafael Correa. La ortodoxia económica sugiere en tiempos de abundancia crear un “colchón” presupuestario, un fondo de ahorros para emplearlo en momentos de crisis cuando el sector privado se desacelera. La idea detrás de esto es que cuando el sector privado sea incapaz de impulsar la economía a causa de una crisis inesperada, sea el Estado el que temporalmente lo sustituya como motor de la economía empleando las reservas ahorradas.
En otras palabras, la política fiscal recomendada por la mayoría de economistas se denomina “contracíclica”: ahorrar en tiempos de bonanza y gastar en tiempos de crisis. Sin embargo, al señor Correa le pareció que esta receta era muy de derechas, muy “neoliberal” y, mofándose de quienes discrepaban de él, no solo que no ahorró un solo centavo del boom petrolero, sino que nos endeudó millonariamente. En consecuencia, la irresponsabilidad de nuestro exdictador nos hará vivir el peor de los escenarios: una contracción del sector privado en un momento en el que el sector público también está forzado a contraerse. Tenemos ante nosotros una recesión, y una de la que parece será bastante difícil escapar.
La tibieza de las medidas de Lenín son resultado de la compleja coyuntura política en la que vivimos. La desastrosa experiencia de octubre del año pasado ha dejado en claro que el actual régimen simplemente no tiene capital político alguno para poder tomar las decisiones que son necesarias. Peor aún, todo caos y descontento producidos por medidas de ajuste fiscal juegan a favor del correísmo. En efecto, basta ver cómo los sectores afines al régimen anterior estaban listos, deseosos incluso, de que se anuncie un “paquetazo” que les sirva de excusa para volver a desestabilizar al país. La propia crisis causada por Correa juega ahora a su favor. Nada le daría más gusto al exdictador que la economía colapse para poder decirle al mundo que con él estábamos mejor.
La estrategia de Lenín es clara: pasarle la pelota al próximo gobierno, confiando (o rezando) para que este tenga el capital político requerido para realizar los necesarios ajustes presupuestarios. Por más decepcionante que parezca, en el fondo quizá sea la única estrategia viable de momento. Las elecciones del próximo año serán por lo tanto críticas. El país necesita urgentemente un vaso de verdadera medicina, y no otro de agua tibia. (O)









