a otros cinco no videntes, cómo es el elefante. Una antigua fábula india cuenta que los seis se acercaron al paquidermo y comenzaron a palparlo. El primero dio con la trompa y dictaminó que era igual a una serpiente. El segundo recorrió su mano por el colmillo y afirmó que parecía una espada. Un tercero manipulando la oreja lo tuvo por un tapiz. El cuarto al tocar el flanco, pensó que sería como pared; el quinto abrazando una pata lo comparó con una columna y el sexto asiéndolo por la cola, sentenció que era una soga. Las interpretaciones que se hacen sobre los recientes desórdenes en América Latina me han recordado esta parábola. Todas señalan un aspecto de la bestia, pero ninguna me ha parecido, hasta hoy, una explicación global. Debe haberla, no parecen fenómenos aislados.

Por ejemplo, se ha criticado constantemente la desigualdad en todas las sociedades latinoamericanas, que tampoco lo explica todo aunque tiene importancia. Por lo menos es elemento que potencia la turbulencia. En círculos liberales se sostiene que lo importante es la riqueza, que la desigualdad es un factor secundario, siempre que los pobres de una sociedad tengan un bienestar relativo. Es una visión economicista que no considera la naturaleza humana y menos la latinoamericana. Tercas realidades sociales, culturales, psicológicas, alimentan esa poderosísima pasión que se llama envidia o resentimiento. Cuatro años de buen gobierno no conseguirán erradicarla. Es una pulsión irracional, a la cual no se le puede demostrar que es más “conveniente” vivir en una sociedad rica y desigual, que en una pobre e igualitaria. “¿Por qué el otro tiene más?”, se preguntan, la respuesta eventual “porque ha trabajado” nunca les satisface y entonces “hay que rayar el Mercedes”, aunque eso no mejore para nada su situación.

El resentimiento se retroalimenta, en un círculo vicioso, con otra antigua pasión: la vanidad de los poderosos. Las clases dominantes latinoamericanas, entre ellas las ecuatorianas de modo conspicuo, utilizan una serie de mecanismos culturales, sociales, educativos y de un sinfín de formas, a veces sutiles, a veces groseras, para mantener abiertas las brechas. “Si todos tienen ya no tiene gracia” es su consigna para mantener a raya a los otros utilizando pretextos raciales, clasistas o xenófobos. Lo importante: no son razones económicas y, subrayado, son la negación misma del capitalismo. Los padres fundadores de las repúblicas capitalistas pregonaron la austeridad y la discreción como virtudes fundamentales, pero aquí y ahora son ignoradas y mal vistas. Y se prostituyen los valores económicos dando por buena toda riqueza, por mal habida sea. Tenemos importantes fortunas de origen político o mafioso, normalizadas por el establecimiento. Hay que reprimir y excluir a la corrupción como forma de acceso a la riqueza, pues nada desprestigia más a una economía de mercado que la prosperidad no sea fruto del esfuerzo y la inventiva, sino de la audacia y el crimen. La honorabilidad y la buena fe deben ser valores fundamentales, sobre ellas se edifica el capitalismo tanto o más que sobre el espíritu de emprendimiento y el buen manejo financiero. (O)