A las señales de tránsito casi nadie las respeta, parecen simples sugerencias. Por ejemplo, los estacionamientos para los discapacitados, normalmente, los ocupan personas que no tienen esa condición, y no pasa nada. Al límite de velocidad en la ciudad se lo ignora, los conductores manejan como bomberos, parece que tuvieran prisa para llegar a apagar el incendio.
Los vehículos particulares y los taxis toman el “atajo” en las estaciones de gasolina esquineras para eludir el semáforo. En Guayaquil, los taxistas jamás utilizan el taxímetro, lo tienen de adorno; aunque se trate de una exigencia de la ATM, sirve solo para pasar la “revisión”, cada taxista impone la tarifa.
Los taxistas “piratas” encienden las luces para ofrecer su servicio y paran donde les da la gana, no les importa obstaculizar el tránsito. Las direccionales del vehículo parecen adminículos que están de sobra, se usan muy pocas veces, más efectiva les resulta la señal del brazo para virar.
De los buseros, tanto urbanos como interprovinciales, habría que decir: “¡líbranos, Señor!”, no respetan ninguna señal y los agentes de tránsito ni se inmutan.
¿El pito? Es un adminículo que se utiliza para comunicarse de varias formas: para advertirle al conductor de adelante que no arranca con rapidez cuando cambia de luz el semáforo; para llamar la atención del amigo que de pronto vemos en la calle; para decirle que se apure a la esposa que no sale pronto o como un gesto agresivo al conductor que hace una maniobra inadvertida; en definitiva, tenemos la “libertad” de usar el pito cuando nos da la gana.
Circulan vehículos con vidrios polarizados, sin placas, con frases insinuantes o de doble sentido y nos “deleitan” con su estridente música.
Cuando hacemos un viaje largo, no sabemos qué nos puede pasar. Los choferes de buses, camiones, tráileres, mulas, etc., parece que son los dueños de las vías, rebasan sin ninguna precaución. Si por desgracia uno de estos vehículos se daña en el camino o el chofer quiere descansar, coloca en medio de la vía grandes ramas o piedras gigantes como señal de peligro; una vez que haya arreglado el vehículo o culminado el descanso, no se da el trabajo de quitarlas. Amén de la señalética, o no existe o está mal colocada en las carreteras, por lo tanto, muchas veces no sabemos por dónde ir; es una suerte encontrarnos con algún lugareño que nos indique el camino correcto o que nos advierta que estamos perdidos. Recorrer los caminos de la patria es una gran aventura.
Por último, es importante mencionar que, en el plan de carrera de los agentes civiles de tránsito, el máximo nivel que pueden alcanzar es el de jefe general civil de tránsito, no existe el grado de general. Su condición es de civil y el adjetivo “general” (no grado), establece el ámbito de responsabilidad igual que el de contralor general del Estado, gerente general de una empresa, inspector general de un colegio o igual al que se utiliza para denominar a un profesional que no tiene especialidad, como médico general, etc.
Las autoridades de tránsito –del Gobierno y municipios– tienen que asumir sus responsabilidades y hacer cumplir la ley con rigor. (O)












