Entre los personajes del Quijote, uno de los que más me llama la atención es el Caballero del Verde Gabán, don Diego de Miranda. Mucho han discutido los estudiosos de Cervantes sobre el color verde que viste el personaje –del que, además, se apunta su erasmismo o su condición criptojudía–, y que puede aludir tanto a rasgos bufonescos como eróticos, propios de la época. Pero no es eso lo que ahora quiero destacar. En la conversación entre ambos personajes, el Caballero del Verde Gabán está preocupado por la formación literaria de su hijo. Don Quijote aprovecha la circunstancia y hace una de sus pocas observaciones sobre literatura, resumiendo las ideas de una tradición antigua que viene desde Platón: “según es opinión verdadera, el poeta nace, aunque también digo que el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor”. En el Persiles, Cervantes será más literal, cuando dice: “el poeta nascitur”, y que prácticamente repite el refrán de Quintiliano: “El poeta nace y el orador se hace”.

Esta afirmación siempre me ha resultado sospechosa. ¿Cómo establecer que el don poético es innato o “divino”? ¿No es más bien, al contrario, que muchos oradores parecen predispuestos desde muy pequeños a esa capacidad oratoria? ¿Esa condición innata de la poesía omite, casi siempre, una biografía incompleta en la que suele haber un antecesor o padre o familiar del poeta que tiene algún tipo de solvencia lingüística y cultural que hizo posible o facilitó el don creador de poeta inspirado? Cuando se refiere el caso de la precocidad de Rimbaud que dejó de escribir a los 18 años, se menciona menos que su padre, Frédéric Rimbaud, fue escritor, traductor del Corán y que incluso escribió una gramática. Como siempre, las explicaciones míticas lo que ocultan es desconocimiento y pereza por investigar.

Por eso mismo, creo que el llamado don poético es una forma del privilegio: padres o familiares lectores, un entorno favorable a la cultura, un sistema literario abierto que permita la difusión de la escritura. Es decir, herramientas educativas sobre las que es posible trabajar, y ofrecerlas. Esto no quiere decir que las obras literarias sean un mero artificio: es inevitable, e indispensable, no digo el genio o la inspiración, sino que cada escritor potencial sepa reconocer y aceptar su manera de percibir el mundo: su cognición. Este sí creo que es un aspecto ineludible: aprender de la percepción propia, porque allí está el origen –o la originalidad– de cada escritor. Cervantes, siempre inasible sobre sí mismo, enfatiza a través de Don Quijote el aspecto educativo del talento: “el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor”.

En esta semana se realiza en Cuenca el IX Congreso de la Cátedra Unesco para la lectura y la escritura en América Latina. La Cátedra Unesco se ha desplegado por varios países a lo largo de casi veinte años, compartiendo la experiencia de investigadores y docentes para mejorar las capacidades de los estudiantes latinoamericanos.

En esta semana se realiza en Cuenca el IX Congreso de la Cátedra Unesco para la lectura y la escritura en América Latina. Desde su primer congreso en Cartagena de Indias en 2001, la Cátedra Unesco se ha desplegado por varios países a lo largo de casi veinte años compartiendo la experiencia de investigadores y docentes para mejorar las capacidades de los estudiantes latinoamericanos. Cuenca es la sede ecuatoriana de esta cátedra. El congreso coincide con el lanzamiento por parte de la Universidad de Cuenca de la Maestría en Pedagogía de la Lectura y la Escritura, a la que le deseo el mayor éxito por la importancia y urgencia que tiene en el Ecuador el enriquecimiento y la profesionalidad de los maestros en el mejor uso del lenguaje y el acercamiento a la literatura. De esta manera, Cuenca se ratifica como una de las ciudades ecuatorianas que ha sabido promocionar una cultura de los estudios literarios. No es necesario recordar que precisamente allí se realiza uno de los encuentros literarios con mayor tradición en Ecuador, que lleva el nombre de Alfonso Carrasco Vintimilla. Todo esto señala y refuerza que no hay que esperar ni confiarse al don poético. Hay que trabajar y apoyar iniciativas de este tipo.

En los años que llevo dedicado a la enseñanza de la escritura creativa, a estimular los talentos de jóvenes escritores o de quienes ambicionan escribir, e incluso de quienes cuentan con las herramientas del caso y la formación, pero están paralizados por bloqueos, no he encontrado nada más revelador que las frases de aquel escéptico absolutamente moderno que fue Stendhal. En su libro póstumo, La vida de Henry Brulard, en la que recurre a uno de los tantos pseudónimos que usó, comparte una de las reflexiones más pragmáticas que he leído sobre el arte de escribir: “Si hubiese comentado mi proyecto de escribir, cualquier hombre sensato me habría dicho: ‘Escriba dos horas todos los días, con inspiración o sin ella’. Estas palabras me hubieran permitido aprovechar los diez años de mi vida malgastados tontamente aguardando la inspiración”.

Por supuesto, no es posible “fabricar” talentos. El esfuerzo educativo por evidenciar los procesos de escritura, comparten la posibilidad del don poético, pero no le quitan su inevitable misterio: no el de la musa, sino el de la mente. En su libro The Program Era: Postwar Fiction and the Rise of Creative Writing, Mark McGurl concluye que la experiencia del siglo XX en lo que llama la era de los programas de escritura, han permitido mostrar toda la complejidad de la narrativa contemporánea. El propósito es seguir contando historias y hacerlo con una legibilidad que no deje de ser suscitadora para los lectores, pero sin olvidar que incluso en aquellas ficciones que no se han abandonado, como el Quijote, lo que fluye en la superficie tiene, por debajo, capas sucesivas donde operan mecanismos sumamente complejos. Esta dualidad entre la transparencia de la superficie y la complejidad del engranaje es la dinámica propia del arte, su tensión inherente y hasta la razón de su atractivo particular. Es aquí donde el papel de los maestros, sobre todo durante la adolescencia de los alumnos, tiene un papel decisivo. Porque, en efecto, sin lectura no hay escritura. Y el resto es mito. (O)