Perú es un país diverso, de geografía atractiva e imponente –desde las dunas hasta los Andes–, de larga y rica historia, de gente noble. Un país que en medio de los clásicos problemas del desarrollo avanza con paso firme hacia su modernización y cambio. En los últimos años su economía ha sido muestra de estabilidad y crecimiento. Ha buscado integrarse plenamente al mundo, sin complejos, soberanamente.

Esta vez el estudio de su economía no es mi objetivo. Gracias a un dilecto amigo he podido leer los recuerdos de vida de un peruano universal, Fernando de Szyszlo (Fernando de Szyszlo, La vida sin dueño, Alfaguara, noviembre de 2016), limeño, pintor de permanente vanguardia, promotor de larga data de la cultura peruana y universal.

Por un personal sentido de la estética y del arte he sido admirador de su obra pictórica: no soy un especialista, pero coincido en aquello de que De Szyszlo es, como se señala en la contratapa del libro, “la figura más relevante del arte peruano desde que en los años cincuenta hizo la primera exposición de arte abstracto en su país natal”.

Pero es mucho más: es “un protagonista de la historia del arte latinoamericano y un intelectual comprometido con la defensa de sus ideas”, que esta vez ofrece “unas memorias llenas de vida, el autorretrato de un triunfador contra todo pronóstico, las palabras de un hombre libre”.

“La vida sin dueño” es el balance de una vida sin claudicaciones. En De Szyszlo la libertad es el activo más importante, contra todo y contra todos, siempre en el marco de respeto a los valores fundamentales.

Alguna vez Caballero Bonald dijo: los hombres solo somos nuestra libertad y nuestras palabras. La libertad y las palabras no pueden perderse jamás, pues es lo que da sentido pleno a la vida. No lo entienden los autoritarios ni les interesa hacerlo; tampoco lo entienden quienes viven sometidos por bajas conveniencias. Es así.

De Szyszlo enfrentó la vida regido por principios: vinculado desde joven a la izquierda de antes de los cincuenta del siglo anterior, renegó del estalinismo opresor y de toda forma de avasallamiento de los pueblos. Admiró a Camus y a Octavio Paz, con quien mantuvo una larga amistad hasta la muerte del gran intelectual mexicano.

Nacido en 1925 en Barranco, distrito limeño, De Szyszlo es hijo de un diplomático polaco y de madre peruana. Vivió en esa Lima tradicional, frente al mar Pacífico, con el que forjó, lo dice, por mil razones, un lazo indestructible, así como con la bahía que va desde La Punta hasta Chorrillos.

Estuvo vinculado a la poesía y a la literatura, en general, desde siempre. Se interesó por los estudios de arquitectura, que los abandonaría para dedicarse a lo que fue su pasión: la pintura. Desde sus primeros pasos quiso trascender por la modernidad de su arte y porque el conservador medio limeño de su tiempo se moviera, dejase de estar “fuera de la historia, fuera de la cultura”. Comenzó a lograrlo desde su vinculación como alumno de la Universidad Católica. En sus recuerdos cita, a este propósito, a Paz: “Por primera vez fuimos contemporáneos de todos los hombres”.

En la peña Pancho Fierro, que frecuentó cuando era muy joven, se relacionó con la élite de la intelectualidad peruana: José María Arguedas, Sebastián Salazar Bondy, Emilio Westphalen, Jorge Eduardo Eilson, Javier Sologuren, tantos. Amigo cercano de Mario Vargas Llosa, refiere que conoció a Guayasamín en 1948.

París marcó una inflexión en su arte y en su vida. Su primer viaje lo hizo en 1949, apenas después de su matrimonio con la gran poetisa, también peruana, Blanca Varela. En condiciones económicas difíciles pudo consolidar su formación y compartió con la intelectualidad de entonces.

Sigue a Unamuno cuando este señalaba “que la única manera de ser universal es siendo provinciano, penetrando hasta la raíz, no subiendo a la copa del árbol”.

Su amistad con Octavio Paz data de esa época: conoció a André Breton, Wilfrido Lam, Roberto Matta, José Soto, entre otros, y a Rufino Tamayo, quien influenció directamente en su obra y quien también fue su amigo cercano.

Su distanciamiento de Blanca Varela comenzó en París, influenciado, quizá, por sus visiones políticas distintas: Blanca Varela era radical, frecuentaba a Simone de Beauvoir y a Sartre. De Szyszlo se alejó ya en esos años de sus aproximaciones políticas iniciales. Su rompimiento con las corrientes extremas sería definitivo luego.

De esos tiempos dice que Europa afianzó su relación con su tierra. Un sentido de pertenencia. Sigue a Unamuno cuando este señalaba “que la única manera de ser universal es siendo provinciano, penetrando hasta la raíz, no subiendo a la copa del árbol”.

De su pintura anota que “tras la sacudida que fue el indigenismo y el descubrimiento del mundo andino que dieron lugar a ciertas libertades estéticas de los maestros de este movimiento, llegaba el turno de volver a asumir las tendencias renovadoras del arte moderno internacional bajo las claves de nuestra propia visión e interpretación”.

De Szyszlo quería ir más allá y llegó a encajar todos los elementos en el abstraccionismo y en su propio lenguaje. Es el padre del arte abstracto en Perú y en la región.

Los recuerdos de De Szyszlo son los de un peruano del mundo que no renunció nunca a respetar al individuo, a su privacidad y a los demás. Son vivencias de alguien que siempre buscó innovar y trascender, en el mejor de los sentidos. Y para quien, como lo dijo alguna vez J.L. Borges –que también compartió con De Szyszlo–, “la duda es uno de los nombres de la inteligencia”. La duda sensata, las metas altas por un país mejor, su Perú, y la fortaleza de saber decir no cuando debe decirse no. (O)