La derrota se apoderó de la tarima de la Revolución Ciudadana este 11 de abril, día en que perdió por primera vez una contienda por llegar a Carondelet. La experiencia de sus grandes celebraciones de antaño -con épicos discursos, luces, artistas, pantallas gigantes, buses llenos de simpatizantes (auténticos y contratados)- no se repitió.

La convocatoria tampoco fue la misma. Al mediodía del domingo, a pocas horas de que se cierre la jornada electoral, el equipo de prensa de la alianza Unión por la Esperanza (UNES) convocó a los reporteros a una gran concentración en la avenida de los Shyris, al norte de Quito, donde en los tiempos del correísmo se solían levantar enormes tarimas para festejar cada triunfo electoral.

Sin embargo, la fiesta anunciada esta vez fue discreta, tanto que, por ejemplo, de un momento a otro, cambió de sitio. El propio equipo de prensa del candidato Andrés Arauz informó que el festejo pasó de la Shyris -una avenida de seis carriles, en el norte de la capital- a la calle Seis de Diciembre, en el centro, en un tramo de una sola vía, al pie de la sede de UNES, frente a la Asamblea.

Allí, en el mismo formato de las sabatinas de Rafael Correa, se instaló una tarima mediana, con una pantalla de fondo, en la que se proyectaba constantemente el eslogan “Andrés Arauz, presidente”. A lo largo de media cuadra, se distribuyeron sillas plásticas blancas en dos bloques, dejando un corredor en el medio y una isla para los sonidistas a un lado.

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A pocos minutos de que se cerraran las urnas, pasadas las 17:00, Andrés Arauz llegó al lugar y se fundió en la algarabía, los saludos, los gritos de victoria y los abrazos de los asistentes, que, a esa hora, casi llenaban las dos cuadras de la estrecha calle.

El candidato subió a la tarima, tomó el micrófono y, en síntesis, anunció una “contundente victoria” frente “al banquero”, en referencia a su contendor, Guillermo Lasso. Lo acompañaron asambleístas electos y dirigentes del correísmo, como Paola Pabón, Virgilio Hernández, Pabel Muñoz, Marcela Holguín.

Detrás de él, la banda Papaya Dada -con sus integrantes vestidos de color naranja, distintivo del Centro Democrático, movimiento que auspició la candidatura del correísmo- se aprestaba a brindar un concierto.

La intervención de Arauz duró cerca de 20 minutos. Los cientos de simpatizantes aplaudieron sus palabras; mientras en los alrededores se escuchaban fuegos artificiales, cohetes y más pirotecnia. Al comienzo de la manifestación se notaba la confianza en una victoria y los ánimos estaban arriba. Sin embargo, la difusión del conteo rápido de Cedatos (que otorgaba el triunfo a Lasso) y la ambigüedad de la encuesta de Clima Social (afín al correísmo desde elecciones pasadas) provocaron dudas.

El tono del discurso de Arauz, menos eufórico de lo que se le había visto en campaña, y su invitación a “esperar los resultados oficiales” también fueron entendidos como signos de alerta: la posibilidad de perder estaba siendo, sutilmente, reconocida.

Acto seguido el candidato partió hacia el hotel Mercure, en el centro norte de la capital, donde una parte de la dirigencia y la prensa lo esperaban para recoger sus impresiones sobre los primeros resultados del Consejo Nacional Electoral, los cuales ya lo ponían en segundo lugar.

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La fiesta frente a la sede de UNES duró tres horas, pero el ambiente de triunfalismo solo una. Luego de que Arauz se fue, los grandes protagonistas de la tarde fueron el animador, los artistas contratados y un disc jockey aficionado a la salsa.

A partir de las 18:00, los dirigentes desaparecieron. Algunos se fueron con Andrés Arauz al hotel Mercure y otros se encerraron en la sede de la organización.

Desde el micrófono se pedía a los presentes que bailen, que tomen a su pareja y disfruten de la música… Pero en la zona de sillas blancas ya corría la noticia de que se consolidaba la tendencia: Arauz estaba siendo derrotado por Lasso.

Para antes de las 19:00, la celebración del correísmo se había convertido en un baile popular aburrido, con parejas que parecían quemar tiempo hasta que alguien les explique qué mismo estaba sucediendo. Pero los dirigentes no volvieron y los militantes correístas más bulliciosos habían tomado sus vehículos y se marcharon.

Sobre la Seis de Diciembre quedaban grupos dispersos de jóvenes que seguían los resultados en sus teléfonos, coordinadores logísticos que se escabullían por las aceras, sin ánimo de explicar nada a nadie, y muchos campesinos y ancianos que se mantenían sentados sin inmutarse, en ocasiones solos, como si les diera igual quien gana o pierde las elecciones.

A las 20:00, más de la mitad de los que habían aplaudido a Arauz ya no estaban. Dos funcionarias de la Agencia Metropolitana de Control (AMC) recorrieron el lugar y retiraron varias botellas de licor, el disc jockey bajó un poco el volumen, de modo que la amplificación permitía escuchar el susurro colectivo, los organizadores empezaron a desmontar el escenario, a recoger los instrumentos musicales, a retirar los cables, a apagar las luces… A esa hora, más del 80% de las actas escrutadas le daban el triunfo a Guillermo Lasso.

Los pocos que quedaban -que más les sirvieron a los organizadores de relleno, pues los correístas se habían ido mucho más temprano- empezaron a retirarse de a poco. Abandonaron el lugar sin reclamos ni insultos. Sin ningún fervor ni evidencia de la militancia activa con que inició la concentración.

Alrededor de las 21:00, en el hotel Mercure, Arauz reconoció la derrota. Al mismo tiempo, en la sede de UNES, la fiesta terminaba sin que nadie, ningún dirigente, se acerque al micrófono a decir una sola palabra. Una mujer apilaba las sillas de plástico, el técnico del discomóvil desconectaba la consola y los amplificadores. En la calle vacía se podía observar a las banderas y afiches de Arauz rodando por el piso. Solo la tarima, ya vacía y a oscuras, quedó en pie. (I)