“Fuimos víctimas de un hombre que conducía ebrio y chocó el vehículo en el que íbamos. El choque fue tal que nos viramos al carril contrario a la altura de uno de los semáforos de la avenida Juan Tanca Marengo (en Guayaquil)”, dice Maritza Solís, de 59 años de edad, a quien la vida le cambió tras este accidente de tránsito ocurrido hace 30 años, el 14 de febrero de 1992.

La consecuencia en ella fue una lesión cerebral que provocó en su momento incapacidad física y conllevó a cuadros de ansiedad y depresión, por lo que también requirió intervenciones en esos ámbitos.

Su situación es una muestra de que hay lesiones que pueden provocar efectos permanentes, lo que requiere atención terapéutica por siempre.

En el auto Maritza estaba con su hermana Mariana, quien iba al volante. Ambas sin cinturón de seguridad en tiempos en que no se controlaba su uso en el país.

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Maritza llevó la peor parte. Estaba sentada de lado y recibió lo que en términos coloquiales se conoce como el golpe del látigo (un esguince cervical por una hiperextensión del cuello), que por la posición en la que iba no le provocó la muerte quedando desnucada, pero sí la lesión.

Tras operaciones con periodos de pérdida de memoria y un largo proceso de recuperación quedó desempleada. Su tratamiento incluyó terapia de rehabilitación física a diario, la que debe continuar hasta el final de sus días.

“Al segundo día del accidente no podía ni abrir la boca, ni sostener la cuchara, el impacto fue tal que pegué un grito y de allí ya no recuerdo más nada”. El diagnóstico fue una fractura en la tercera, cuarta y quinta cervical, un cuadro delicado que la hundió en depresión.

Entre las intervenciones tiene en su memoria una en el quirófano cuando le taladraron el cráneo. “Veía cómo se chispoteaba la sangre, pero no me dolía porque estaba sedada, recuerdo esa imagen”.

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En un momento llegó a pesar 35 libras con una altura de 1,55 metros. “Le decíamos que parecía los niños de África, totalmente delgada, cadavérica, quedó muy frágil”, dice Mariana.

La recuperación, que incluyó ayuda psiquiátrica, se mantiene hasta la actualidad con la terapia física y el uso de pesas. Cada movimiento provocaba dolor al inicio de su recuperación para retomar la movilidad de las piernas, lo que le tomó dos años.

“Cuando me dieron de alta me dijeron que si quería vivir debía hacer gimnasia por siempre y comer todo limitado”, cuenta. También debe mantener su peso por debajo de los 60 kilos (132 libras) acorde con su estatura.

En 2000 Maritza migró a Italia, donde se casó y sigue su rehabilitación hasta ahora. “Quería ir donde nadie me conociera, donde nadie sepa lo que había pasado y nadie me dijera pobrecita, porque para mí esa palabra es lo peor”.

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Cuando visita Ecuador también las hace en un centro de rehabilitación ubicado en el norte de Guayaquil que le recomendó su médico familiar. Ahora decidió contar su historia para que sirva de ayuda a otras personas, con el fin de que no se rindan y luchen, ella no caminó por casi dos años y la terapia física le devolvió la fuerza. Aunque dice que la vida es un sacrificio para ella porque debe mantener la fisioterapia, es feliz porque tiene vida.

“La terapia física es fundamental y no solo un enfermo debe hacerla. Siempre digo, y mi familia se ríe de esto, si no eres estudiado ni me toques porque me destruyes. Debes ser preparado para ponerme en tus manos. No me dejo tocar de nadie que no sea profesional, así me lo han recomendado mis médicos en estos 30 años”.

Hay que romper el paradigma de que la rehabilitación es solo para un pequeño porcentaje de la población que tiene discapacidad de nacimiento o los que tienen lesiones tras accidentes, indica la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Hay condiciones que se desarrollan durante la vida y que dejan secuelas como el caso de Patricia, de 58 años de edad. Ella tenía una artritis no diagnosticada que le provocaba dolor en las piernas, en la cadera, lo que le impedía moverse con normalidad desde el 2009.

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Con ese cuadro fue a terapia física en un centro donde dice que solo se concentraron en aliviar el dolor sin la realización de ejercicios. “Me atendían los chicos que tenían experiencia porque habían hecho cursos. La dueña sí era fisioterapeuta, pero quienes me atendían, la una era licenciada en Enfermería, la otra secretaria y el otro estudiante de Medicina. Estuve ocho meses allí”.

Después consultó a otro doctor ya que no encontraba mejoría y allí sí le diagnosticaron finalmente la artritis reumatoide. “Viajé con mi esposo y me quedé encerrada en un baño porque no tenía fuerzas ni para abrir la puerta, entonces decidí consultar a otro médico”. Incluso llegó a tener una enfermera que la ayudaba a vestirse.

Tras la segunda revisión la operaron en enero del 2011 y un mes después la asignaron a otro centro de rehabilitación física ubicado en el norte de Guayaquil, donde hasta ahora hace una recuperación más integral que incluye ejercicios bajo el agua con el fin de mantener el movimiento. Tiene que hacerlo por siempre, como Maritza, ya que su dolencia es degenerativa e incurable.

Llegué en febrero del 2011 prácticamente sin caminar y desde entonces después ya pude volver a manejar (auto)”, indica esta ama de casa.

La constancia es fundamental, agrega. No sirve de nada mejorar un poco y por ello dejar de hacer la terapia física.

Patricia consiguió recuperar su movilidad cuando acudió a un centro de rehabilitación física del norte de Guayaquil, al que sigue asistiendo desde febrero del 2011. Foto: Xavier Ramos

Además, la intervención debe ser integral tomando en cuenta el efecto psicológico.

Maritza recuerda el caso de un joven que se suicidó tras sufrir una lesión que lo dejó en silla de ruedas. “Antes de viajar a Italia conocí a un chico que cuando al tirarse de un cerro al río se fracturó y quedó con discapacidad permanente. Era resabiado. Yo hablé con él, pero no quería colaborar en las terapias”.

La afectada recuerda que el impacto de verse inmóvil en silla de ruedas marca la vida y que la lucha, en su caso, es constante por lo que requiere de fuerza interior. “En estos treinta años he llevado una vida muy sacrificada, me da mucha tristeza porque la perdí prácticamente, pero soy feliz porque aún vivo, eso es lo que quería. Hay que luchar para salir adelante, sin lucha y sacrificio no puedes hacer nada”.

El conductor responsable de su accidente nunca recibió una sanción y eludió al sistema de justicia. (I)