Apoyado de un bastón, el expresidente de la República Alfredo Palacio (2005-2007) presentó el miércoles 23 de febrero pasado su última investigación científica titulada Insuficiencia cardiaca, una pandemia silente, tras sobrevivir al COVID-19, a sus 83 años de edad, en enero último.

Tenía turnos de enfermeras cada ocho horas. “De algo valió ser médico por la influencia en mis discípulos. Ellos me armaron en mi cuarto (en un departamento ubicado en un edificio de la av. Samborondón con vista al río) una terapia intensiva, me cuidaron muy bien porque sí llegaba a saturar”, asegura.

El autor de cinco libros, dos de ellos políticos en los que desnuda su paso por el poder, continúa en la investigación como cardiólogo. Acumula 86 publicaciones en revistas científicas especializadas.

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Su nutrida biblioteca contiene más de tres mil libros y otros mil títulos digitales. A las obras literarias de Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Mario Benedetti se suman los postulados filosóficos de la escritora Hannah Arendt, quien considera que todo régimen de dominación y ejercicio de violencia política descansa en el poder que hay detrás.

Es un guiño a su penúltimo libro titulado El sótano, un poder oculto sobre el gobierno de las naciones, en el que refleja su papel protagónico como presidente, en un momento en el que se afianzó en el país la transición de poder entre los partidos tradicionales y una opción que enarbolaba ideas nuevas.

Entre el Partido Social Cristiano representado por su líder histórico, el ahora extinto León Febres-Cordero, y el expresidente de la República Rafael Correa, a quien reconoce como alguien inteligente, pero también dice que representa a “la política vocinglera” de hablar mucho y en voz alta.

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Palacio buscó ser candidato a presidente de la República en las dos últimas elecciones (2017 y 2021). “Las cosas eran muy difíciles, no tenía partido político y había gente dueña de partidos que vendían los espacios. Cobraban $ 2 millones para usar un partido político. La edad es un problema, pero no un impedimento”, asegura.

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Cuenta que en enero pasado envió una carta al actual primer mandatario, Guillermo Lasso, en la que afirma que la pensión vitalicia que se da a los expresidentes, en su caso, es un aporte vital, ya que dejó la profesión liberal de médico por cinco años para la campaña y ocupar los cargos de vicepresidente y presidente de la República entre el 2002 y 2007. “No se trata de un sueldo, se trata de un derecho adquirido que no puede ser quitado ni reducido”, recalca.

Ha realizado libros científicos y de fondo político. ¿Cómo lidia con las dos facetas en su vida?

Tienen mucho que ver. Creo que todos estamos de acuerdo en que necesitamos una transformación política urgente. Sostengo que hablar de salud es hablar de política, solo que al más alto nivel. A tal punto que la primera política de Estado que necesitamos cambiar es justamente la política de estado de salud, no tenemos un sistema nacional de salud. Cuando llegué a mi cumbre con el Instituto de Cardiología, me abrumaba que me había convertido en un médico elitista. Hacíamos buena cardiología a una población pequeña y aunque hacíamos servicio social y por investigación, atendía a pacientes gratis, pero era una población seleccionada, no lo podía realmente tomar como parte de una investigación. Me di cuenta de que eso que había conseguido con el instituto tenía que hacerlo para todo el Ecuador, eso me lleva a la política. Recibo una llamada del (entonces) candidato (Lucio) Gutiérrez (en 2002), que venía teniendo una excelente actuación ante los desastres de (Jamil) Mahuad y postulaba un discurso sino de izquierda, yo soy de izquierda, por lo menos progresista. La primera vuelta estuvimos bien, en la segunda ya no andábamos bien.

¿Cuál fue el punto de quiebre en la relación?

En primer lugar, el alejamiento de nuestros postulados.

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De eso se acusó a Lucio Gutiérrez al inicio de su mandato.

Primero se deshizo de los indígenas, cierto que tienen tendencia a dividirse, pero él utilizó armas para dividirlos más. Además, noté en él un cambio, asumimos en enero (del 2003) y en febrero (un mes después) habló de firmar una carta de intención con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que era vergonzosa, no lo podía aceptar.

¿Qué era lo que más le preocupaba sobre lo que imponía el FMI en ese entonces?

Que ahorremos, disminuyamos empleos, bajáramos sueldos, menos inversión. Luego planteo que vine por el aseguramiento universal de salud. Cada ecuatoriano tenía que tener un seguro de salud en el que se expliquen con letra chiquita las garantías explícitas. Ahora no hay un seguro, uno va a un hospital del Ministerio de Salud Pública y lo atienden si hay gasa, esparadrapo, sutura, si no, tiene que ir a comprar los guantes a la esquina. Esto lo desarrollé con una tesis que me valió un doctorado en la Universidad Johns Hopkins (de EE. UU.). Todo estaba listo para hacerse, pero en una sesión de gabinete recibo la noticia de un ministro (de Finanzas de Gutiérrez) muy inteligente, Mauricio Pozo, que es el que discutía conmigo, el presidente no discutía conmigo; me dice, no podemos dar para lo social porque primero necesitamos un florecimiento económico, cuando lo tengamos entonces nosotros vamos a destinar el dinero para lo social.

Es un postulado de derecha.

Le dije que suena muy lógico lo que dice, pero está equivocado. El florecimiento económico lo alcanzará un ciudadano sano, preparado, educado y protegido. Ecuador no lo alcanzará con ciudadanos ignorantes, enfermos y no protegidos, por lo tanto es al revés, hay que invertir en el hombre para alcanzar el florecimiento económico, es el hombre el que produce el crecimiento económico, no la naturaleza solamente.

Cuando era vicepresidente hizo público su descontento sobre la distribución de la riqueza petrolera.

Me preocupé con esto y me puse a investigar. Encontré horrores, en esa época nadie decía nada. Nuestros contratos petroleros de participación eran espantosos, un promedio de 82 % para las transnacionales y 18 % para Ecuador, al igual que el presupuesto del Estado no podía subir más del 3,5 %, no importa que tengas más ingresos, si los había eran un excedente que iba al Feirep, de lo que el 70 % era para recomprar deuda externa anunciada, pero ya el 40 % del presupuesto del Estado se destinaba para pagarla, entonces eran nuevos préstamos para pagar los viejos. Nuestro petróleo, nuestra riqueza petrolera se había convertido en un organismo de exportación de divisas, todo se iba para afuera. Pensé, podría un ecuatoriano, por perverso o ignorante que sea, firmar algo así, ¿por qué nadie dice nada?, entonces se me ocurrió pensar que alguien de afuera domina y por eso el libro El sótano un poder oculto sobre el gobierno de las naciones. Empecé a pelear por eso en las sesiones del gabinete, a tal punto que dejaron de invitarme. Allí no me quedó más que hablar afuera y lo primero que dije fue rectifique, señor presidente.

¿Cómo es que se mantenía silencio ante esa distribución de la riqueza petrolera?

Todo se mantenía en un secreto increíble, esto que hace el (actual) presidente (de la República, Guillermo) Lasso, de que todos los contratos sean conocidos por el público, me parece ideal. Así debe ser, entonces sí había dinero. Cuando asumí la presidencia lo primero que hice fue cambiar (la distribución). La prensa editorialista me caía encima. Doctor, quiere decir que usted va a cambiar los contratos, no puede hacer eso, nunca más nos prestarán dinero, no habrá inversión extranjera. Entonces dije no cambiaré los contratos, pero sí la ley, que establecerá el respeto de esa participación pero tomando en cuenta el precio del barril del petróleo al momento de firmar el contrato. Cuando eso se firmó, el barril estaba en $ 16, era $ 13,5 para ellos y $ 2,5 para nosotros. Ahora me explico por qué las escuelas rurales están sin techo, sin piso, sin puerta, por qué los hospitales están desabastecidos. Cuando asumo como presidente, el precio del barril estaba en $ 60, sin embargo, la distribución se mantenía, ya no era $ 13,5, en la que ya se reconocía ganancia justa para las compañías, ahora se llevaban $ 50. No Ecuador. Voy a respetar el precio y el excedente lo vamos a repartir.

¿Cómo finalmente quedó?

De ese excedente, no menos del 50 % era para Ecuador. Eso hice y empezó a funcionar. Además, la Oxy (compañía petrolera estadounidense) había cometido una infracción y tenía una demanda de caducidad. Tuve que retomar esos pozos. Al día siguiente que le quité los pozos a la Oxy rompiendo el contrato ya estábamos produciendo. La misma Oxy ya había dejado negociado, vendido dos meses, entonces tuve ese tiempo de respiro. Hice un convenio y dije nada será a dedo, todo será por concurso. Después vendimos la mayor cantidad de petróleo nunca antes vista en el país. Esto empezó en mayo del 2006.

¿Cómo reacciona ahora ante las declaraciones del entonces presidente de la República, Lucio Gutiérrez, quien lo calificó de conspirador y lo responsabilizó de su salida del poder, en abril del 2005?

Me resultaba risible como indignante porque nada de eso es real. Desde antes de asumir el poder yo venía diciendo mi verdad. Hicimos una campaña política empeñándonos para Ecuador. Cuando asumo la presidencia, lo primero que les pedí a mis ministros es que vamos a componer el país y que si alguien estaba pensando en las siguientes elecciones, que por favor se vaya, nosotros no haremos campaña política. Jamás conspiré, cuando todo empezó en abril del 2005 yo dejé de ir a Quito. Permanecía en el Instituto de Cardiología, en Guayaquil. Allí llegaban algunos de los llamados forajidos (como se conoce al grupo que derrocó a Gutiérrez), entre ellos Gil Barragán, los del MPD (el otrora Movimiento Popular Democrático), Pachakutik. No tuve nunca una reunión secreta con nadie. No tenía financistas de nada, no tenía partido político, era yo solo.

¿Cómo era su relación con los líderes del Partido Social Cristiano (PSC), como León Febres-Cordero y Jaime Nebot, que en ese momento se decía que movían los hilos del poder?

En primer lugar soy contrario a toda su política. Pero creo que en una nación, las dos tendencias son necesarias, izquierda y derecha, porque el izquierdista es el que trata de hacer los cambios rápido y el otro mantiene el statu quo. Cuando se hace un cambio, sí es necesario tener un periodo de estabilidad, así debe manejarse. Nunca dejé de apoyar a todos los municipios, entre esos particularmente a los que tenían mucha resonancia política, como Paco Moncayo en Quito, Nebot en Guayaquil y (Marcelo) Cabrera en Cuenca.

¿Pero recibía llamadas de ellos?

Sí, por supuesto, recibía llamadas incluso de León Febres-Cordero. Estaba almorzando once de la noche, a esa hora recibía sus llamadas. Él me decía: ‘Presidente, cuidado con los gringos, no les haga eso que está haciendo con el petróleo’. Lo escuchaba, pero jamás hice lo que él me pidió. No recuerdo que me haya llamado para otra cosa que no sea por el asunto petrolero, unas cuatro veces mientras fui presidente. Atendía las llamadas en la Presidencia al lado de mi cama. El presidente (de Estados Unidos en ese entonces, George W.) Bush me mandó representantes, envió a su hermano Jeb Bush, que era gobernador de Florida, vino (Condoleezza) Rice (fue secretaria de Estado de Bush) a hablarme del asunto petrolero y de la Oxy que era un juicio. Esta compañía había transferido derechos y deberes a una compañía canadiense y esta a otra china. Eso no podía hacerse sin el permiso de Ecuador. Si eso sucedía, está en el contrato, se establecía la caducidad, entonces se terminó el contrato. Además, en el juicio se decía que todo puede ser resuelto por un tribunal de arbitraje, excepto caducidad, entonces quien tenía que decidir era mi ministro de Energía, Iván Rodríguez, quien declaró la caducidad del contrato con la petrolera estadounidense Occidental en mayo del 2006. Esto nos dio una cantidad de dinero inmensa que es la que desgraciadamente el siguiente Gobierno la malgastó en otras cosas y no la metí al presupuesto porque sabía lo que esa burocracia iba a realizar, por eso la puse en un fideicomiso.

¿Por qué se encontraba el 20 de abril de 2005, el día de la salida de Gutiérrez, en el auditorio de Ciespal, en Quito, donde fue posesionado como presidente de la República?

Ese día había muerto un profesor mío, Alfonso Roldós Garcés, y yo quería hablar en su sepelio, pero tenía una conferencia de prensa internacional a las ocho de la mañana en Ciespal. El propósito era terminar la conferencia y regresar a Guayaquil. A lo que termino me dicen que ya estaban los macheteros de un pariente del presidente (Gutiérrez), que han venido algunos buses y que me estaban buscando. Me dijeron que debía salir, entonces tomé un carro de la Presidencia, estaba con un edecán y un par de guardias. Les dije llévenme a la Base Aérea (Mariscal Sucre de Quito). Allí estaba el coronel (Leonardo) Barreiro, ahora general, le pedí que busque un avión para regresar a Guayaquil.

¿La amenaza de muerte era cierta?

Sí era verdad, pero allí recibí la llamada de Antonio Posso (diputado), de alguien más. El Congreso estaba sesionando en el Banco Central y los tenían sitiados. Me dice: ‘Nos quieren linchar, por favor no se vaya’. No me quedó más que esperar. Cerca del mediodía recibo una llamada de Cynthia (Viteri) a quien habían posesionado como presidenta encargada del Congreso, habían sacado a Omar Quintana. Creían que yo estaba en Ciespal. Me dicen: ‘No se vaya porque el presidente saldrá de Carondelet en un helicóptero (lo que finalmente ocurrió y Palacio asumió en Ciespal)’.

Alfredo Palacio asumió como presidente cuando el Congreso –a cargo de Cynthia Viteri– destituyó a Lucio Gutiérrez.

Palacio retornó a Ciespal, donde se dio la posesión en medio de una turba que afuera exigía que se fueran todos los diputados. Palacio cuenta que habló con ellos y permaneció en el sótano de Ciespal, que estaba sin energía eléctrica y teléfonos disponibles, hasta que alguien se acercó con un celular.

¿Quién lo llamaba?

Era León Febres-Cordero, me dijo: ‘Presidente, estamos en la Asamblea de Guayaquil preocupados, ¿dónde se encuentra? Le dije que estaba en un sótano con la gente afuera que me pide que bote a todos los diputados. Él me dijo que enseguida iba a llamar a la embajadora (de Estados Unidos) y al comando. Pensé que era el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, pero no, después me enteré que era otro comando.

¿Quiénes eran parte de ese comando?

Eran militares, pero no ecuatorianos. Era el Comando Conjunto de Estados Unidos que está en Florida, por eso hablo de gente de fuera. Febres-Cordero me dijo eso, pero yo con el mismo celular llamé a radio La Luna (del exasambleísta Paco Velasco) y me dijeron: ‘Cuidado, esos que están afuera no son forajidos, son infiltrados gutierristas y lo quieren matar’. Luego llamé a Gonzalo Rosero, de radio Democracia, ambos estaban al aire. Cuando ya sabía que el pueblo sabía dónde estaba y lo que pasaba, pues me sentí más seguro y salí, me embarqué en mi carro y fui al Comando Conjunto del Ecuador.

¿Quién le recomendó a Rafael Correa para el cargo de ministro de Economía?

Correa empezó a venir a mi Instituto (Nacional de Cardiología) a hablar conmigo como forajido y se sentaba con mucha paciencia, lo reconozco, a esperar que yo atienda a mis pacientes. Subía a ofrecerme su apoyo y yo conversé varias veces con él. Antes de eso sí sabía de él porque cuando empecé a hablar de los contratos petroleros recibía correos de tres economistas. Uno de ellos era Correa. Mi primer candidato para ser ministro de Economía fue Johnny Czarninsky (hijo del dueño de Mi Comisariato), se lo propuse, pero en ese momento la cadena de supermercados estaba en una explosión de crecimiento, entonces se lo mandé a proponer a Alberto Acosta (Espinosa) y el mensajero fue Correa. Regresó y me dijo que no aceptaba porque yo le caía mal. No sé si sea cierto, pero luego alguien puso en duda de que realmente le llegara el mensaje a Acosta. Finalmente nombré a Correa bajo dos condiciones: la primera, que se las di a todos mis ministros, fue que nadie viene a hacer campaña política para las próximas elecciones, quien quiera hacerlo que no lo haga desde este Gobierno, que se retire. La segunda, en particular a Correa y a alguien más, fue que no quiero que mencionen la palabra dolarización, no quiero que hablen ni a favor ni en contra, no quiero que la mencionen, para ti olvídate, esa palabra no existe. Era una cosa muy delicada y Correa venía escribiendo y hablando mucho en contra de la dolarización, le dije eso y entonces lo nombré ministro de Economía. A la semana salió un comunicado del Ministerio de Economía en contra de la dolarización. Llamé a (Rubén) Barberán (amigo y exministro del gabinete de Palacio) y le dije que le diga a Correa que me presentara la renuncia. Luego el mismo Correa me dijo que habían sido sus asesores los que enviaron ese boletín de prensa y no él, entonces se salvó.

¿Qué finalmente conllevó la salida de Correa del Ministerio de Economía?

Lo siguiente fue una situación con Hugo Chávez (en ese entonces presidente de Venezuela). Él me pregunta: ‘¿Por qué venden petróleo crudo?’. Le respondí que nuestras refinerías están que se caen. ‘Te ayudo’, me dijo. ‘Tú me mandas el petróleo, yo te lo devuelvo refinado y lo vendes por el doble, ganas mucho más’. Le dije gracias, Hugo, pero dime cuánto nos va a costar eso, porque enviarte significa transportar y el trabajo allá en Venezuela tiene un costo. Me respondió que eso eran cosas de los técnicos. ‘Nombramos comisiones técnicas y eso se hace’, dijo Hugo. En mi caso, nombré una comisión técnica liderada por el canciller que era Antonio Parra, por Correa e Iván Rodríguez que era el ministro de Energía. Los envié a negociar. Pasa el tiempo y en medio de una reunión de cancilleres de Guayaquil (en agosto del 2005) mi secretaria me dice que afuera (del despacho en el Palacio de Carondelet, en Quito) estaban Parra, mi canciller, y el de Venezuela que se llamaba Ariel Ramírez. Querían reunirse conmigo sin agenda, fuera del protocolo. Parra me dice que me traían la propuesta de refinar el petróleo. Me dijo que el negocio era redondo, salimos ganando por todo, lo que vendemos ahora lo venderemos por mucho más. Sí, ¿pero cuánto me costará?, le dije. ‘Eso no lo sé, lo sabe el ministro de Economía’, respondió. Lo llamo a Correa y le pregunto lo mismo. Tengo aquí a Ariel Ramírez para firmar el convenio, pero no sé los detalles. Y me dice: ‘Presidente, por favor, firme, es un gran negocio para nosotros’. Le pedí más explicaciones y me indicó: ‘Creí que me había dado el privilegio de hacer esa negociación’. Te di esas prerrogativas sin renunciar a las mías, le respondí, tengo que saber lo que mis ministros hacen, el que va a firmar seré yo, tiene que explicarme de qué se trata. Mira, Rafael, esto es ni más ni menos que comprar un carro, en un sitio me dicen que cuesta tanto, no lo compro de entrada, voy al del frente para ver en cuánto me venden ellos para comparar. Y me respondió: ‘Presidente, esto no es como comprar un carro’, lo que me pareció ofensivo. Le dije: ‘Ministro, usted mañana me presenta el informe o su renuncia’. Al día siguiente me presentó una carta en la que incluía una renuncia simple no irrevocable y un informe en el que no me decía nada, muy mal hecha. Él pensaba que no se la aceptaría, pero lo hice al andar.

¿Fue allí entonces cuando Chávez conoció a Correa?

Lo conoció porque lo envié en esa comisión, pero no lo conocía tan bien ya que Chávez en la segunda vuelta, cuando habían ganado Álvaro Noboa y Correa, me pregunta qué tal eran esos dos candidatos. Le respondí que quien lucía ganador porque tiene un partido y otras cosas más era Noboa, pero obviamente el mejor candidato es Correa.

¿Y cómo era finalmente el negocio de refinar petróleo en Venezuela?

Luego me enteré bien de las cosas. No era que Chávez me iba a refinar el petróleo, me iba a comprar mi petróleo y me iba a vender los derivados y no decían cuál era el negocio porque eso iba a depender del mercado del día, de los precios que cambian de una semana a otra. Hubiera sido un error mío gravísimo embarcarme en eso.

¿Y cuando usted dejó el Gobierno sí le dejó la mesa servida a Rafael Correa?

Cuando entrego el poder, el 15 de enero de 2007, teníamos más de $ 2.000 millones en excedentes (por la venta de petróleo). $ 600 millones los dejé en el Fondo de Ahorro y Contingencia que eran emergencias y con eso es que el presidente nuevo empezó a gobernar con decretos de emergencia. Y los otros $ 2.000 millones los puse en un fideicomiso que se llamaba el Feiseh, dedicado solo a salud, educación, investigación científica, nuevas formas de energía que ya no sea el petróleo. Se hizo energía eólica en Galápagos, allí funcionaron bien, y para hidráulicas, en eso sí se empleó, pero llegó el siguiente presidente y al año terminó con ese fideicomiso.

¿Cuál fue su desencanto con Correa ya cuando él era presidente de la República?

Tengo que ser honesto, Correa es muy inteligente y respetuoso conmigo. Yo soy a veces impulsivo y él siempre tuvo la tolerancia de aguantarme. No me gustaron estas cosas que pasaron porque no eran en lo absoluto limpias y finalmente me percaté de que estaba utilizando mi gobierno como tarima política y eso no lo podía permitir a nadie.

¿Pero tras más de una década en el poder cambió su percepción de Correa?, ¿qué balance hace de ese mandato?

Le dejé una montaña de plata. Esa medida que tomé que de mayo a diciembre del 2006 representó $ 2.600 millones, durante 2007 y 2008 fueron $ 14.000 millones fuera del presupuesto en un fideicomiso, es decir, había para transformar el país en un Singapur, pero se la gastó en otras cosas. Él buscaba el lucimiento personal y yo creo en otro tipo de política. Trabajar, trabajar y trabajar, darle a conocer al pueblo lo que necesita saber, sin insultar a nadie y lo más silenciosamente posible. Ese es el éxito de gobiernos como el de Suiza, uno no sabe quién lo preside ni nada, pero son un ejemplo de régimen. Esta política vocinglera no me gusta mucho.

Alfredo Palacio, antecesor de Rafael Correa, le coloca la banda presidencial en el 2007.

En su biblioteca veo el libro El estallido del populismo, de Álvaro Vargas Llosa. ¿Usted considera a Correa un político populista?

Sí.

¿No lo sabía cuando le dijo a Chávez que era la mejor opción?

Correa no tenía ninguna carrera política antes, la empezó conmigo y había probado su inteligencia, y no le hablé a Chávez de lo que pueden considerarse deslealtades y prefiero ni tocar eso. Pero es importante saber cuáles son los objetivos que persigue un gobierno. Tuvimos muchísimo dinero y lo que dice (Lenín) Moreno (sucesor de Correa) que recibió fueron arcas vacías. En lo que a mí concierne yo sí lo encontré con arcas vacías, alambradas y oliendo a pólvora, me esforcé y me sacrifiqué sin partido político, sin un solo diputado. Lo que hacía, se lo decía al pueblo (que lo aprobaba en consultas populares) y al Congreso no le quedaba más que pasar la ley. Probé que se puede gobernar de esa manera.

Correa decía enarbolar la bandera de izquierda, su misma ideología.

Él se presentó siempre como un hombre muy de izquierda, pero serlo no es simplemente hablar contra Estados Unidos ni lo de Chávez, que dijo que apestaba a azufre. Ser de izquierda es sostener ideas y una de las cosas importantes por las que peleaba era el petróleo, pero lo más importante eran los derechos de propiedad intelectual. En esa época negociábamos el TLC, Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. La reunión de Washington, tras la de Guayaquil y Cartagena, fue en mayo del 2006, coincidía con mis medidas petroleras, y de repente me llama mi delegación. Resulta que se nos levantaron los gringos (de la mesa de negociación) por tus medidas petroleras. Lo de la propiedad intelectual lo había discutido frente a frente con (George W.) Bush. Ellos querían la propiedad intelectual de los productos farmacéuticos. La farmacología, las patentes de las moléculas, nos patentaron la ayahuasca, ahí el problema. Lo discutía con Bush y se hacía que no me entendía, como que no sabía y lo sabía muy bien. Me decía: ‘Mi doctor, mi doctor, usted va a ser mi cardiólogo’; ¿cómo?, ¿cómo?, ¿qué dijo? Las patentes las querían a 20 años, más cinco años de comercialización y aumentar los costos. En 25 años, el producto ya no necesita bajar de precio porque ya hay otra cosa. Esa fue la verdadera razón por la que ellos se levantaron.

¿Correa no luchó por esos preceptos?

En mi gobierno empezamos un juicio por la ayahuasca, un propioceptivo (capacidad que tiene el cerebro de saber la posición exacta de todas las partes del cuerpo en cada momento) de la Amazonía. Nos ganaron, ellos patentaron, y nos ganaron en época de Correa, él debió haber defendido más eso. Al izquierdista Correa nunca le oí hablar de propiedad intelectual, nunca, y era lo más importante.

El actual presidente de la República, Guillermo Lasso, está en la ideología opuesta a la suya. ¿Es lo que necesita el país en este momento?

Creo que Lasso está haciendo algunas cosas bien.

¿Qué cosas me puede mencionar?

La tranquilidad que ha traído, lo que es fundamental. No estoy de acuerdo con sus propuestas económicas porque favorecen al que más tiene, al capital más que al trabajo. No hay que olvidarse, esto sí es una cuestión ideológica, el trabajo es el que produce el capital. El concepto de ellos es que el capital siembra el trabajo, pero no, todo lo contrario. Pero sigo insistiendo, en toda nación deben existir izquierda y derecha. Y en todo gobierno deben existir izquierda y derecha. Una cosa espléndida del amigo Lasso habría sido poner alguien de izquierda dentro de su gobierno.

Los que no están de acuerdo con lo que usted dice le critican justamente a Lasso que tenga un ministro de Economía de izquierda (Simón Cueva).

Un presidente debe tener las dos tendencias. Lo que pasa es que hay gente, tú oyes a políticos connotados como Jaime Nebot (exalcalde de Guayaquil) decir que las ideologías ya no existen. Las ideologías son eternas, están allí, se van perfeccionando conforme pasan los años. Cuando hablo de salud como política, es una ideología la que estoy planteando. Mi propuesta del aseguramiento universal de salud fue perfeccionada por la Universidad Johns Hopkins, pero me la presentaron un poco tarde y eso toma tiempo. Sí fue antes del 15 de enero de 2007. Yo mismo le entregué las cuatro carpetas a Correa. Le dije échalo a andar. Él lo conoce porque cuando lo nombré ministro de Economía le dije: He venido al aseguramiento universal de salud, tú vas a ser el tesorero, a eso vienes, que no se te vaya de la cabeza; él sabía.

En el despacho del expresidente Alfredo Palacio hay discos de vinilo de música clásica y de estilos latinoamericanos. Desde Johann Sebastian Bach hasta Carlos Gardel, las sinfonías de Ludwig van Beethoven y Alberto Cortez, entre otros. Foto: El Universo

Tiene una nutrida biblioteca. ¿A qué libro de preceptos políticos siempre regresa?

De política lo que no me falla nunca es El espíritu de las leyes, de Montesquieu.

El filósofo que fundamentó los tres poderes del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. ¿Está en desacuerdo con lo que establece la Constitución acuñada por el correísmo que estableció cinco poderes del Estado?

Totalmente, divide para reinar. Basta con los tres poderes.

¿Qué piensa de la política de pensión vitalicia a los expresidentes?

He recibido $ 4.226 mensuales, nunca los $ 5.635 como afirman en los decretos ni lo que dicen que han pagado en exceso. El descuento que afirman que aplicarán por lo pagado en exceso me parece una mala maniobra, no me parece decente. En todos los países los presidentes reciben una cantidad importante. ¿Qué sucede con un presidente? Tiene que mantener un estatus adecuado, una secretaria, un chofer, cierto decoro como expresidente de una nación. Además de eso, en mi caso, no he sido empleado nunca. He ejercido una profesión liberal, para poder estar en la campaña y ejercer el cargo de vicepresidente y presidente dejé de trabajar y por lo tanto no tenía ingresos. Era mi momento cumbre. Estaba en mi época de oro. Veía 24 pacientes diarios y tenía muchos procedimientos de cardiología, todas las mañanas. Tenía un ingreso adecuado, pero en el momento que dejé la Presidencia había dejado de trabajar cinco años. No se trata de que yo volvía a un empleo donde iba a percibir un ingreso, se trataba de rehacer mi clientela que en cinco años ya no era lo misma. Me costó dos o tres años recuperar algo de mi profesión de atender pacientes.

¿Qué debería pasar si un presidente es sentenciado por corrupción cometida durante su mandato?

Si el motivo está justificado, entonces podría considerarse la eliminación, solo en esos casos. Si se han cometido hechos de corrupción con el conocimiento del presidente, obviamente que es merecedor de ese y tal vez muchos otros castigos más severos. Pero lo que se ha hecho (respecto del anuncio del descuento) contra todos los expresidentes es atentatorio contra la dignidad de un presidente de la República de esta nación. En mi gobierno no tuve un solo ministro enjuiciado en nada, a nadie, en mis dos años de vicepresidente y en mis dos años de presidente. Salí sin guardaespaldas, he caminado por las calles de Guayaquil y del país con la simpatía de la gente, entonces no creo que sea merecedor de esto. (I)