Los gatos ferales o asilvestrados, es decir, que se han vuelto salvajes y se alimentan en los ecosistemas con la caza de su propio alimento, no sobrevivieron en el Bosque Protector Cerro Blanco, una reserva privada que bordea el flanco noroccidental de Guayaquil.

Estos felinos, que en parte viven en la ciudad alimentándose en parques y cerros con vegetación o dejaron sus hogares con los humanos, se internaron en Cerro Blanco en los últimos diez años.

Paúl Cun, técnico en biodiversidad de la Fundación Probosque, que administra Cerro Blanco, recuerda que se preocupó al verlos ya que conoce el impacto que pueden tener estos gatos que se alimentan de la microfauna silvestre como lagartijas, murciélagos, invertebrados, aves y mamíferos pequeños como ardillas.

Tras el primer año de su llegada a las partes bajas de la reserva privada se observó que empezaron a tener deformidades en sus extremidades traseras, lo que se volvió más crónico de manera gradual hasta que ya no podían moverse y murieron, cuenta Cun. “Primero llegaron como tres gatos y después más”.

Publicidad

Nancy Hilgert de Benavides, miembro de la Asociación de Conservación e Investigación Japu, plantea como hipótesis que estos gatos se alimentaron de lagartijas que podrían haber tenido una sustancia tóxica en la piel que les provocó las deformidades. Sin embargo, aclara que “es necesario realizar un estudio de ecotoxicología de las diferentes lagartijas y de las especies que hay en Cerro Blanco y el bosque seco de la costa para determinar la razón”.

Esta defensa natural ante una especie introducida, como son los gatos, los perros, las palomas y las ratas europeas, es una forma natural de control, indica Julián Pérez, vicepresidente de Japu. Pero normalmente comienza el problema cuando la capacidad adaptativa, en este caso de los gatos, supera este control natural, agrega.

Falta de control de las mascotas

“Estas mascotas se reproducen sin ningún cuidado y cuando las personas no las alimentan buscan en otros lugares no solo lagartijas, sino aves, pequeños mamíferos y otros invertebrados. Yo misma he visto cómo un gato con un brinco se come a un colibrí, incluso culebras pequeñas”, dice Hilgert.

Entre las especies de la ciudad que sufren por los gatos está la ardilla de Guayaquil (Sciurus stramineus), que es endémica. “Los gatos atacan a sus bebés en los nidos”. También colibríes (Amazilia amazilia), el periquito del Pacífico (Forpus coelestis), iranolete silbador sureño (Camptostoma obsoletum), reinita gris y dorada (Myiothlypis fraseri), el anolis de Festa (Anolis festae) y la lagartija terrestre de cola azul (Holcosus septemlineatus).

Publicidad

Pérez añade a la perlita tropical (Polioptila plumbea) y al pinzón sabanero azafranado (Sicalis flaveola).

La mulita de monte (Sylvilagus daulensis) es una de las especies afectadas. Foto: CORTESÍA ANTONIO GALLO PÉREZ

El impacto depende de la cantidad de gatos sin dueño que circundan los parques y las áreas naturales dentro de las ciudades, lo que se desconoce en el país ya que no se hacen censos, indica Pérez.

“En Lomas de Urdesa hay un macho grande que se reproduce, encuentra las gatitas que alguna vez fueron hijas de él y las vuelve a preñar. Estos animales domésticos están asilvestrados en un parque conectado al estero Salado, al Bosque Protector Palo Santo, donde cazan a las aves endémicas, atacan los nidos que están en las especies de árboles endémicos del bosque seco”, refiere Hilgert.

La ardilla de Guayaquil (Simosciurus stramineus) es una especie endémica afectada por los gatos ferales. Foto: CORTESÍA ANTONIO GALLO PÉREZ

Lo ideal es que los dueños de estas mascotas tengan cuidado y apliquen medidas, como la esterilización y evitar que salgan de los hogares. “Se puede tener una ordenanza municipal para lograr un control adecuado de las poblaciones de gatos sin dueño”, agrega.

Publicidad

La amazilia ventrirrufa (Amazilia amazilia), entre las aves afectadas. Foto: CORTESÍA ANTONIO GALLO PÉREZ

Está documentado a nivel internacional el impacto de los gatos. “En la isla Guadalupe, en México, se tuvo que hacer un exterminio total para recuperar una especie de ave marina. Hay estudios en Australia y en Estados Unidos que muestran que los gatos pueden matar hasta 2.300 millones de individuos al año. Cazan en solitario, se estima que un gato mata entre 200 y 300 individuos al año”, dice Pérez.

La guagsa iridiscente (Stenocercus iridescens), un reptil. Foto: CORTESÍA ANTONIO GALLO PÉREZ

El uso de cascabeles en el cuello de los gatos para que la fauna silvestre los escuche cuando se acercan no tiene una incidencia mayor. “Un estudio en el Mediterráneo mostró que la diferencia de mortalidad no es significativa. Aquí en Ecuador no lo sabemos, apenas estamos escarbando los pequeños problemas con la fauna invasora”, indica.

Mientras más distantes estén las áreas protegidas de una ciudad pues menos va a ser la incidencia de gatos, dice Pérez. “Mientras más se expanda la frontera de urbanizaciones pues existe una mayor probabilidad de contacto entre los gatos asilvestrados y la fauna silvestre, por ende puede ser que el problema se salga de control”.

Al se Ecuador un país megadiverso es probable que haya una mayor cantidad de especies afectadas por la cacería de los gatos, agrega. (I)

Las estrellita colicorta (Myrmia micrura). Foto: CORTESÍA ANTONIO GALLO PÉREZ