En el mundo digital en que vivimos la comunicación personal, cara a cara, va perdiendo espacio aceleradamente. Lo peor es que cada vez nos estamos acostumbrando más a este sistema que terminará “robotizando” buena parte de la interacción con nuestro medio.
Esta inevitable realidad nos debe empujar a analizar responsablemente lo que sí depende enteramente de nosotros: la calidad de nuestras relaciones de amistad y de afectividad.
La herramienta más eficaz en este contexto es la empatía, que es la habilidad para comprender la emoción o el sentimiento detrás del comportamiento o actitud de nuestro interlocutor, es decir, salir de nuestra individualidad y proyectarnos hacia lo que la otra persona está experimentando en ese momento (“ponernos en sus zapatos”). La intención es “sintonizarse” con ella y hacerse eco de su emocionabilidad.
Una vez alcanzado este nivel de entendimiento podremos llevarlo a la práctica expresando nuestra solidaridad (cuánto sentimos lo que le está sucediendo), ofreciendo nuestro apoyo emocional (hacerla sentir confiada en que se encontrará una explicación o solución al problema que le afecta), y demostrándole que, aunque nos mueve lo que a ella le afecta, sí podemos mantener la objetividad, ubicación lógica y una visión clara de la realidad (no sumergirnos y ahogarnos en sus emociones; si nos afectamos perderemos eficacia).
La empatía mejora la calidad de las relaciones porque permite observar a la otra persona desde su interior y establecer su verdadera motivación, algo que por lo general es un mundo desconocido visto desde el exterior.
Este tipo de acercamiento crea un nivel de confianza más profundo. También crea lealtad y deseos de reciprocar en la otra persona. En la relación de pareja produce un “espacio seguro” en el que se puede hablar de vulnerabilidad de un lado y comprensión del otro lado, con la seguridad de que estas revelaciones no serán usadas en su contra. En este ambiente de confianza absoluta se puede tratar temas discrepantes, pero solucionables al conocer cada uno lo que interiormente está motivando al otro.
Finalmente, ser empático reduce el estrés personal, al darnos cuenta de que mucho de lo que consideramos hostilidad o aislamiento en los demás no está dirigido a nosotros, sino que probablemente sea reflejo de problemas emocionales internos. (O)