El control de las emociones siempre ha sido una de las tareas más difíciles de ejecutar para el ser humano. Las decisiones tomadas en momentos de alta emocionalidad y poco autocontrol por lo general producen consecuencias para las que no estábamos preparados, y desearíamos no haberlas realizado.

En el tope de la lista de los estados emocionales durante los cuales no deberíamos tomar decisiones está la ira (furia, rabia, cólera), sentimientos que están cargados de estrés y energía negativa y nos obstruyen la claridad mental, que es justamente lo que necesitamos para actuar con lógica y coherencia en un momento de apremio.

Muchas veces es imposible no sentir frustración, a veces nacida de la impotencia (por ejemplo, al ir manejando un vehículo y presenciar un intento de asalto a otro carro); si no analizamos la situación realistamente y, en cambio, permitimos que la ira se apodere de nuestra mente, es posible (sucede cada vez con más frecuencia) que terminemos tomando una acción agresiva (intentar evitar el asalto, atropellar al asaltante) que podría causar, y causarnos, daños irreversibles.

Toda acción que realicemos (discusiones familiares, interacciones en el trabajo, trato con el público) tiene que pasar por el filtro de nuestro razonamiento, por lo que es indispensable, si estamos en un momento de intensa frustración, pensar racionalmente antes de hablar y solamente actuar una vez calmados, en el mejor de los casos sugiriendo hacer lo mismo a los demás involucrados. Hay que tener en cuenta siempre que las discusiones son para resolver una discrepancia, restablecer el orden, no para crear una pelea y querer ganarla furiosamente.

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Tal vez la manera más eficaz de mantener a raya la ira es reconocer que en nuestro cuerpo y en nuestra mente comienzan a aparecer sus síntomas:

  • Elevación del tono de voz.
  • Tensión muscular.
  • Puños apretados.
  • Sensación de hostilidad hacia nuestro interlocutor.

Al percatarnos de estos cambios debemos darnos tiempo para recuperar la compostura y el control emocional. Aquí ayudan mucho los ejercicios de respiración pausada, mientras se atenúa el tono de la voz, por ejemplo (la conducta estimula la actitud).

Lo ideal es no reaccionar con agresividad abierta o encubierta, sino más bien actuar con asertividad, positividad y buscar áreas de consenso para disipar el conflicto. Es la manera madura de proceder. (O)