Un mediodía cualquiera de los tempranos ochenta. Bernard Fougères arrancó la entrevista con una pregunta diferente. Tal vez fue: “Maestro, ¿qué les hace falta a los países de América Latina para su progreso?”. Sin demora, Atahualpa Yupanqui respondió: “... que dos millones de jóvenes, todas las noches, apaguen tarde su lamparita de estudio”.

Así, el trovador insigne coincidía (sin saberlo ni proponérselo) con Samuel Huntington, quien en El orden político en las sociedades en cambio (1968, Yale University press) destacó que las clases medias aportan los recursos humanos especializados (profesionales, técnicos, etc.) para el progreso de las sociedades. Que ellas se mueven por meritocracia y excelencia, valores y creación de capacidades. Que si los tomadores de decisiones (élites públicas y privadas) no evolucionan la institucionalidad (reglas del juego) al mismo ritmo de las demandas de la clase media, se produce una “decadencia política”. Y desde la tarde de la entrevista de Bernard, la “decadencia” advertida por Huntington ha empeorado. Luego de décadas de múltiples crisis y ajustes regresivos, migraciones y populismos, de un sistema educativo que produce títulos pero no competencias, buena parte de lo que queda de nuestra clase media ha terminado jugando al arribismo, tolerando la corrupción y adoptando la mediocridad como reglas de supervivencia.

Recuperar cantidad y calidad de nuestra clase media para convertirla en dínamo de progreso social sostenido implica cambios transformadores en tres frentes. Primero, élites sectoriales y nacionales comprometidas en la construcción de visiones de largo plazo; capaces de moldear con su ejemplo los cambios necesarios en la conducta ciudadana. Segundo, reglas de juego que transformen la intervención pública en la socioeconomía regional y nacional; que generen el modelo eficaz de cooperación público-privada; que originen un nuevo nivel de eficiencia y eficacia en la relación Estado-ciudadano. Tercero, mejora competitiva de los aglomerados y cadenas productivas, suficiente para revertir la desigualdad en el desarrollo regional, aumentar la cantidad y calidad de los empleos; asegurar que los móviles del poder negociador no estén fuera de la dinámica de negocios.

Estas ideas, en marcha, desencadenarían ciclos virtuosos. La mejora en calidad y cantidad de la clase media debido al progreso en los tres frentes mencionados provocará, a su vez, condiciones paras seguir mejorando en tales frentes, originando ciclos de progreso social y económico con inclusión y equidad. Simultáneamente, este virtuoso ida-y-vuelta impactará positivamente en la relación entre los ciudadanos y sus líderes: a más y mejor clase media, menos clientelismo, mayor exigencia de calidad e impacto de las propuestas políticas, menos tolerancia con la corrupción, más diáfanos procesos de rendición de cuentas y mayor autocontrol de los líderes y de ellos sobre sus estructuras.

Que nuestra clase media no claudique ni se extinga. Que estos horizontes sean la dirección de sus esfuerzos, pese a sus diarias coyunturas. Que nuestros líderes hagan posible este sueño. (O)