“No lo sé, ¿acaso soy el guardián de mi hermano?”, es lo que respondió Caín cuando le preguntaron por Abel. La respuesta no solo ocultaba el crimen, sino la indiferencia por la suerte del prójimo, del próximo que es aquel que lleva tu sangre y, aún más, del otro que es parte de la gran familia humana. El escritor Terencio dijo: “Soy un hombre, nada de lo que es humano me es ajeno”.
¿Qué mueve a una persona a hacer el bien a otra y no solo desearlo? No la reciprocidad esperada, porque entonces el móvil de la conducta sería un mezquino interés. Sí el amor, aquello por y para lo cual nacimos, ese sentimiento que algunos piensan que debe quedarse entre sus paredes y muchos que deben trascenderlas.
Miles de años después de nacido el mundo, muchos seres humanos sufren miseria. En septiembre de 2024, Oxfam informó que “el 1 % más rico de la población mundial posee más fortuna que el 95 % de la población más pobre, impulsado principalmente por la monopolización empresarial y la política económica que favorecen a los ricos…”. El artículo también indica que “el 79 % de la población mundial posee solo el 31 % de la riqueza global…” y que “las grandes corporaciones y los individuos ultrarricos ejercen una influencia desproporcionada sobre las decisiones políticas”. Así, pues, urge que haya una igualdad económica y social, que “si las manos son nuestras, es justo lo que nos den”.
Mas la desigualdad no es solo entre personas, sino entre países. Históricamente, los grandes despojaron a los pequeños y para mantener sus privilegios los someten con su poder, generando guerras por esos motivos que asuelan hoy al planeta. En Gaza, alrededor de 72.500 palestinos han sido asesinados, entre ellos más de 21.000 niños y niñas. Según la Unicef, hay 40.000 de ellos huérfanos de madre y padre o de ambos; 11 murieron de hipotermia en el último invierno; 9 de 10 tienen problemas mentales por las pérdidas o la violencia extrema; existen 800.000 menores hacinados en campos de refugiados. En Gaza hay hambre y, cuando las flotillas humanitarias quieren llevarles alimentos y medicinas, no lo permite la potencia ocupante. En 2025, los buenos samaritanos debieron lanzarles por mar botellas con tales productos. En Sudán, un conflicto de tres años ha desencadenado la crisis humanitaria más devastadora del mundo, con un cuarto de la población desplazada, 12 millones, dentro y fuera del territorio. En Líbano, la guerra también ha clavado sus garras, provocando muertes de más de 2.700 de sus habitantes y más de un millón de desplazados en poco más de dos meses. Todos ellos precisan ayuda para sobrevivir, porque detrás de esas cifras hay dolor.
Sin embargo, los Gobiernos también son responsables de infligir sufrimientos a sus ciudadanos. Todas sus víctimas merecen solidaridad, sin consideraciones políticas ni ideológicas y los medios de comunicación no deben prestarse a magnificar unas y minimizar otras, sin perder de vista las causas y las consecuencias. “Me mata la estupidez de enterrar un siglo distinto al que soñé”, cantaba Ana Belén antes de terminar el año 1999. Que la humanidad haga acopio de la bondad que yace en su corazón para dejar el egoísmo y acallar las balas. (O)