La escena era tan patética como efectiva: con su tarjeta de crédito black pegada en la frente con cinta, los adolescentes que empezaban a conocer los misterios y placeres de la noche lograban entrar a las discotecas y bares con la garantía muy visible de que tenían cómo consumir, y por grandes montos. Ocurría en el México reciente, donde a jóvenes extravagantes en sus gastos, muchos parte de familias neomillonarias, se los identifica también como una faceta de los “mirreyes”, término que grafica muy bien el engreimiento en que viven en medio de la opulencia.

Más cerca de aquí, en la vecina Colombia, donde la deformación social ha sido larga y persistente como consecuencia de las distorsiones que genera el comercio de la droga y sus altos réditos económicos, también existe la misma figura del nuevo rico que gasta a manos llenas y quiere ser la envidia de todo aquel que sigue sus redes. Allá se les llama, sin importar la edad, “traquetos”, término españolizado que significa estar dedicado al trafficking, como en inglés se llama al tráfico ilegal, especialmente de drogas, aunque también puede referirse al tráfico de armas, personas o bienes. En el país donde los niños son “chinos” y los ancianos “cuchos”, los “traquetos” son aquellos de los que todos saben que su bonanza no es bien habida, pero han decidido mirar hacia otro lado cuando estos salen a buscar reconocimiento social, acogida y diversión a gran escala.

Siendo así las cosas en el vecindario latinoamericano, y con la gran arremetida que los grupos de delincuencia organizada han hecho en Ecuador, ya estábamos tardando en tener nuestra propia versión de estos muy pudientes y peligrosos personajes. La fama acá ha sido buscada en redes sociales, con la exposición grotesca de un estilo de vida no compatible con quien lo muestra. Y los jóvenes que lo disfrutan tampoco dejan pistas claras sobre el origen de la inversión estética y textil que han hecho. Peor aún, en la faceta femenina de esta situación, aparecen como megaexitosas algunas influencers, de esas que han prostituido el término “contenido” a tal punto de membretar como tal a cualquier baile o chiste mal contado.

Esta semana que termina se ha querido estigmatizar a los jóvenes en cuestión con el prejuicio que muchos tienen a su lugar de vivienda, frente a la orilla de Guayaquil. Caso derivado del asesinato de alias Marino que destapó prácticamente una olla podrida. Y a las chicas involucradas en esos entornos lujosos difíciles de negar, se les señala el remoquete de “Muñecas de la Mafia”, tampoco original, acuñado en Colombia, donde ya hasta lo han vuelto telenovela.

Ser y parecer le exigían en la antigua Roma a la mujer del César. Yo quiero invertir la frase y recomendarles a los “generadores de contenido” que siempre parezcan lo que en realidad son, y no caigan en la muy efímera tentación, latente, de aparecer en las múltiples pantallas como “rico y famoso” para que eso les deje como yapa el tan anhelado como efímero reconocimiento social.

Y en medio de todo esto, nosotros, los ciudadanos y el permanente reto de haber esquivado muy bien los ataques que se hacen los maleantes y sus sicarios, pero podemos hacer solo poco, quizás nada. (O)