Yo no sé lo que es una guerra. Jamás corrí entre cadáveres y moribundos con el terror suspendido por la urgencia de sobrevivir. No acuné el cuerpecillo destrozado de mi hija porque hombres que no saben lo que es la guerra ni el amor dieron la orden de bombardear su escuela. No me escondí en un búnker con el corazón reventando de ansiedad y al salir hallé mi casa en ruinas. No caminé por horas ni hice eternas filas bajo el sol ardiente para hallar comida para mis niñas que lloraban de hambre en un refugio sin luz ni agua. No lo perdí todo y me vi obligada a abandonar mi hogar para empezar de nuevo entre extraños a quienes han convencido de que soy yo la causante de sus miserias. No temo llevar un velo porque los fanáticos religiosos evangélicos han decidido que mi religión contamina y la suya purifica.
Nunca he vivido una guerra santa, pero conozco la historia documentada del horror: las Cruzadas, la Guerra de los Treinta Años, la Inquisición, la Guerra Civil Española y un largo etc. No me han manipulado hasta convencerme de la necesidad de asesinar a civiles inocentes como un medio para un buen fin. No puedo imaginar empuñar un arma contra un desconocido o perseguirlo y encarcelarlo por su color de piel, su origen, su religión o documentación.
Pero yo no soy buena ni especial. Poseo la ternura de cualquier madre y quizá mataría por defender a mis hijas. Aunque tampoco soy uno de esos guerreros de la moral que se creen tan santos exigiendo la pena de muerte para los criminales. No siempre soy justa, pero sé que las cárceles de El Salvador son inhumanas y que la fijación en el castigo en lugar de prevención y rehabilitación es una estrategia vil e inefectiva. Abundan hoy los guardianes del orden y la virtud que nos bombardean con sus posts sobre “familia y tradición”, mientras siembran odio contra enemigos imaginarios a los que creen insultar llamándolos zurdos y woke. Desconfío de quien se llena la boca de valores porque suele tener un clóset lleno de esqueletos sin un solo hueso puro. Es una ecuación muy simple: unos predican, otros son.
Yo no sé lo que es una guerra y tampoco lo saben quienes mandan a otros a morir y matar en su nombre. Presidentes que urdieron excusas para eximirse del servicio militar y que jamás enlistarían a sus hijos se pavonean como salvadores sacrificándose por la humanidad en la cruz de su ferviente patriotismo. Yo no sé lo que es la guerra, pero sé que es un gran negocio donde unos se desangran mientras otros se llenan los bolsillos. Y sé que la única forma de lograr que una humanidad nacida para el amor decida lanzarse a matar, aplauda la violencia o, peor, calle ante el horror, es bombardeándola primero con una intensa campaña de adoctrinamiento y deshumanización del “enemigo”.
Yo no sé lo que es la guerra, pero sé que no existen las guerras santas. No lo digo yo que tan poco sé. Lo dice el papa León XIV: luz de humanismo en la oscura actualidad de líderes ruines. Lo dicen las mochilas ensangrentadas de las niñas asesinadas por los EE. UU. en Irán, las mujeres afganas abandonadas a su suerte luego de una de las ya demasiadas guerras que estos siguen haciendo “para salvar al mundo”. (O)