En 1975, Eric Carmen, cantante y pianista nacido en Cleveland, EE. UU., y formado en el Conservatorio de Música, lanzó All by myself, una balada que se convertiría en uno de los grandes himnos de la soledad del siglo XX.

Carmen, músico de formación clásica que dominaba el repertorio romántico con la misma naturalidad con que escribía canciones pop rock, tomó el segundo movimiento del Segundo concierto para piano de Sergei Rachmaninoff, compuesto en 1901, como inspiración directa.

La melodía melancólica y emocionalmente devastadora de Rachmaninoff encontró en la voz de Carmen un vehículo perfecto para expresar el dolor del abandono y la soledad existencial por el que Carmen atravesaba en ese momento, angustiado por sus frecuentes tropiezos en la ruta del éxito, que hasta ese momento le era esquivo. El resultado fue brillante: una canción que sonaba simultáneamente a algo nuevo y a algo profundamente antiguo, como si siempre hubiera existido; y el éxito tan buscado: hit número 2 en Billboard y diez semanas en las top 40.

Solo hubo un pequeño gran problema: Eric Carmen asumió –erróneamente– que la obra de Rachmaninoff, fallecido en 1943, ya era de dominio público en EE. UU. Pero los herederos y la editorial que gestionaba los derechos del compositor ruso aún tenían protección legal activa sobre la partitura. Cuando All by myself arrasó en las listas de éxitos, los representantes de los derechos de Rachmaninoff no tardaron en llamar a la puerta. Carmen tuvo que llegar a un acuerdo y, desde entonces, la canción acredita a Rachmaninoff como coautor, además de redirigir parte de las regalías a los titulares de sus derechos.

Esta historia, más allá del tropiezo legal, nos invita a reflexionar sobre algo mucho más profundo: la inmortalidad de los grandes compositores y su influencia silenciosa en la música popular contemporánea, y con ello en la cultura y vida cotidiana de la gente.

Rachmaninoff murió hace más de 80 años, y su segundo concierto, de hace 125 años, sigue viviendo en las radios, en las películas, en los aeropuertos y en los corazones de millones de personas que quizás nunca han escuchado su nombre.

La música clásica no desapareció; se transformó. Se filtró en el ADN del pop, del rock, la música de cine y hasta en la electrónica. Compositores como Mozart, Beethoven, Chopin o el propio Rachmaninoff son, en cierto sentido, coautores invisibles de buena parte de la banda sonora de nuestras vidas modernas. Sus estructuras armónicas, sus melodías y su sensibilidad emocional sobreviven reencarnadas en formatos que llegan a audiencias masivas.

El caso de All by myself es también una advertencia para el mundo de la música actual: la propiedad intelectual no tiene fronteras generacionales. En una era donde la inteligencia artificial compone música, donde los samples y las interpolaciones son moneda corriente, la historia de Eric Carmen y Rachmaninoff resulta más vigente que nunca. Al final, la grandeza de un compositor se mide también por cuánto tiempo sigue inspirando, perturbando y sorprendiendo. En ese sentido, Rachmaninoff está más vivo que nunca. (O)