Con muchos libros me ocurre que, simultáneamente a leerlos o cuando cierro la última página, siento poderosos deseos de escribir. Se trata del inevitable diálogo con los autores y hasta con sus personajes que va haciendo la mente durante el consumo de los contenidos. Porque difícilmente lo ingerido se queda quieto: entabla batallas psicológicas con nuestro yo, a las que no bastan los subrayados y las notitas al margen. Debo confesar que yo tengo mis clases para dar rienda suelta a esos impulsos, al mismo tiempo de que carezco de la disciplina para escribir durante horas.
El apego a la comunicación escrita casi siempre nace en la infancia y se desarrolla con los años (excepcionalmente, un escritor confiesa que recién leyó cuando en la universidad, como el peruano Jeremías Gamboa), hasta el punto de experimentarse como una necesidad. Vale recordar la humildad de Borges, que se reconocía lector más que escritor, a la hora de sopesar qué hemos hecho con las palabras. Leer es una pasión tan fuerte que tiene varios rostros: hay personas que refugian en los libros sus depresiones; otras que consiguen lo que la realidad les niega, abrevando historias ajenas; un grupo diferente completa las existencias que no pueden viajar, conocer gente distinta, hablar otros idiomas, leyendo lo que ha ocurrido en tiempos y espacios muy distantes.
Cuando se leen los productos de emisores aficionados, que valoran más lo que expresan que lo que podrían recibir de otros, es advertible la cortedad y timidez de sus estilos, la construcción lineal de sus historias, las vacilaciones en la puntuación, la parquedad de sus vocabularios. Por eso, toda biografía de un cultor de la pluma empieza en su lista de lecturas. Esto que parece obvio me ha salido al paso algunas veces: “yo escribo, no leo”, es una revelación ingenua y arrogante al mismo tiempo, que ignora el alcance de su testimonio. En el fondo está diciendo: “yo no sé escribir”.
Durante muchos años fui profesora de Redacción, y esa experiencia me obligó a responderles a los estudiantes la pregunta de para qué sirve aprender gramática. Y pese a que muchos dijeron que quienes escribirían sus textos serían sus secretarias (así, en femenino, porque hubo carreras de secretariado solo para mujeres), hoy identifico la solvencia de sus escritos en quienes comprendieron que la estructura de la oración compuesta sostiene párrafos y textos. La riqueza de la lengua española se expansiona en quien está seguro de para qué sirven las subordinadas y cómo se conjugan todos los verbos irregulares de nuestra heredad lingüística, por dar ejemplos.
No descuido que en materia literaria hasta la infracción tiene sentido. Los desvíos de las normas se emprenden con intención porque “dicen” algo desde con la falta de ortografía –Cortázar lo probó– hasta con la diagramación de páginas irreverentes, formación de figuras con palabras, insultos y apelaciones a la interpretación, como nuestro Jorgenrique Adoum. Un culto que hoy se desprende de la familiaridad con los libros radica en buscar la proximidad con los escritores: oírlos revelar su quehacer, coleccionar sus autógrafos.
Por todo esto, cuando cae la noche y mi imaginación persigue a los letraheridos, me pregunto cómo habrán asumido la lucha de ese momento: leer o escribir. (O)