El jueves 2 de abril quedaron expuestas las dos caras de un problema. En Quito, Fundamedios y Ecuador Chequea presentaron ChequeaLab, una iniciativa de verificación, alfabetización mediática y formación para fortalecer la integridad de la información. Al mismo tiempo, se conocieron nuevas revelaciones sobre operaciones de influencia rusa en América Latina, apoyadas en medios, portales, periodistas, creadores de contenido e influenciadores.
No son hechos aislados. Son la amenaza y la respuesta.
Por años se insistió en una idea cómoda: que la desinformación era un exceso de ruido digital, una patología de redes sociales, una suma de mentiras virales que podía corregirse con desmentidos oportunos y buena voluntad tecnológica. Era una lectura ingenua. La desinformación es poder. Busca desordenar la percepción pública, intoxicar el debate y volver inútil la idea misma de verdad.
Eso explica por qué la operación rusa importa. No se trata solo de RT, Sputnik o de propaganda burda de manual soviético reciclado para TikTok. Se trata de algo más eficaz: insertar relatos interesados en ecosistemas locales, mezclarlos con agravios reales, darles apariencia periodística y hacer que circulen como si fueran expresión espontánea de la conversación pública. Le basta sembrar duda, fatiga y cinismo.
La mentira contemporánea muchas veces entra como sospecha razonable, como indignación legítima, “dato” suelto, artículo con firma falsa, como portal desconocido pero visualmente respetable. Y cuando ya está instalada, discutir con ella se vuelve difícil porque no opera solo sobre hechos, sino sobre emociones, lealtades, identidades y resentimientos.
Por eso, ChequeaLab no debe leerse como un lanzamiento menor ni como otra iniciativa simpática en tiempos de saturación informativa. Su importancia está en que no basta con verificar contenidos; hay que formar criterio. No basta con perseguir la mentira; hay que reducir la vulnerabilidad social frente a la mentira. Eso significa enseñar a distinguir una fuente de un altavoz, una evidencia de una consigna, un periodista de un operador, una investigación de una operación encubierta. Significa formar ciudadanos menos manipulables. Esa es una tarea de seguridad democrática.
Las autocracias lo entendieron antes que muchos gobiernos y demasiadas democracias distraídas. Ya no necesitan exportar ideología. Les resulta más barato contaminar conversaciones, alquilar conciencias, infiltrar narrativas y aprovechar el deterioro previo de los sistemas informativos.
Defender hoy la libertad de expresión no consiste solo en impedir que el poder silencie voces. Consiste también en impedir que la mentira industrial vacíe de sentido la conversación pública. Y esa defensa empieza en la formación. En las aulas. En las redacciones. En los espacios de educación cívica. Empieza en la mente.
Una democracia puede soportar la dureza de la verdad, pero no puede soportar demasiado tiempo que la mentira se vuelva paisaje. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser comunicacional para convertirse en político: una sociedad que no distingue entre información y propaganda termina obedeciendo a ciegas. (O)













