Hay dos pilares literarios en la formación lectora en los colegios italianos: Dante con la Comedia y Alessandro Manzoni con su novela Los novios. Menos conocida esta segunda, se trata de una novela del siglo XIX, que tuvo un accidentado proceso de escritura que culminó en 1840 con su publicación definitiva, frente a una primera versión publicada en 1825 que, según el autor, tenía un exceso de regionalismos. Es una novela que facilitó la cohesión lingüística de la Italia moderna, tal como la había iniciado Dante frente al latín en el siglo XIV. Siguiendo el procedimiento del manuscrito hallado, como en el Quijote, Manzoni relata las dificultades para casarse de una pareja de jóvenes campesinos, Renzo y Lucía. Bajo el título de la novela, el autor añadió: “Historia milanesa del siglo XVII descubierta y rehecha por Alessandro Manzoni”. Decir rehecha (rifatta en italiano) es tomar distancia de la traducción que supuestamente busca Cervantes del manuscrito árabe de Cide Hamete Benengeli, y muestra otro nivel de juego en la reescritura de una historia.
No me voy a detener en otros aspectos novelísticos sino en el debate de estos meses sobre la propuesta de una comisión del Ministerio de Educación italiano de eliminar la obligatoriedad de leer esta novela. Para establecer un paralelo: Manzoni se leería en lo que en Ecuador sería el primer año del bachillerato y ahora se lo quiere pasar al último año. Los argumentos del cambio se pueden resumir en que el lenguaje de la novela es exigente por la densidad histórica y moral, que es un libro del siglo XIX y puede generar animadversión hacia la literatura, que está alejada de los temas que interesan a esa edad, que en realidad los alumnos no leen el texto completo sino resúmenes y atajos digitales. De acuerdo, si quieren quitarla pongan unas contemporáneas, del siglo XX, no menos difíciles: las de Gadda, Manganelli o la gigantesca de D’Arrigo, Horcynus Horca. No faltan monstruos complejos en la novela italiana moderna. Y por si fuera poco, grandes autores del siglo XX han escrito ensayos elogiosos sobre la actualidad de la novela de Manzoni, como Italo Calvino, Sciascia, Eco, Natalia Ginzburg y Giovanni Macchia
Es posible que no prospere el cambio. Pero me resulta pertinente notar que la desesperación por facilitar la lectura, ofreciéndole a los jóvenes lectores libros “fáciles” o “contemporáneos” -la escritora Susanna Tamaro ha criticado las pedagogías blandas en las lecturas- terminan por subestimar sus capacidades cognitivas, y olvida que lo que más se tiene a mano son las facilidades simplificadoras. El desafío de los aprendizajes y la riqueza cognitiva que se puede aprovechar en la mente de un adolescente de 14 o 15 años puede quedarse limitada a ese enganche a las pantallas de celulares o computadoras, de videos ultracortos, serie inagotables y pobremente articuladas en términos narrativos. El acto de la lectura, con su refrenamiento de la palabra leída, permite una fijación mayor en el lenguaje e instruye en la elección de las palabras. El problema, más que en las obras, reside en ciertos profesores que no saben explicar su riqueza y que se remiten al mero resumen de una trama, como si allí radicara el núcleo de la obra. ¿Cuántos profesores se detienen a leer en voz alta fragmentos de los libros? ¿Cuántos no solo explican los alcances psicológicos, históricos o reivindicativos de una determinada obra sino la sintaxis y la puntuación de su escritura, su percepción imbricada en razonamientos complejos y su música verbal que ha permitido que esa obra sobreviva siglos? Hace poco escuché la referencia a un antiguo profesor de la Universidad Católica de Quito que solía recitar a sus alumnos, allá por los años ochenta, fragmentos en griego y latín, porque había estudiado culturas clásicas en Oxford. Fue reconvenido de que no hiciera esa práctica porque los alumnos lo consideraban difícil y no entendían nada. Así es como se diluye el alto nivel formativo, o al menos la posibilidad de acceso y contacto con herramientas de la literatura que se pierden irremediablemente. Hoy en día ni siquiera se lee en voz alta un fragmento en prosa en español.
Lo que se olvida es que ya no es el colegio el único punto de contacto con la cultura. Esta especie de exclusivismo de que si no se produce una rebelión en esos programas de estudio, olvida el bombardeo de banalidades que se vive a diario. Es aquí donde los educadores deberían ser conscientes de que si eliminan esos soportes escolares abocan a los estudiantes a no tener acceso jamás a esos grados de desafío que permite la literatura.
Sin embargo, frente al aplanamiento formativo, siempre uno puede llevarse sorpresas por algún profesor o profesora que no quiere abandonar a sus estudiantes a lo banal, sea recurriendo a un clásico del tipo de Manzoni o a un contemporáneo exigente. Meses atrás, mi hijo precisamente de quince años, me pasó la lista de lecturas que le han pedido en el colegio. En la lista con los clásicos de Poe y los poemas de Rubén Darío, había un texto del siglo XX, una breve novela de Clarice Lispector, La hora de la estrella. Es una de mis novelas favoritas de esta desafiante escritora brasileña. No es una escritura fácil, ni mucho menos, sino muy exigente. No le dije nada a mi hijo, solamente que ese libro no era necesario comprarlo, que yo se lo prestaría. Lo veo en su escritorio. No sé cuándo lo leerá. Que sea su propio descubrimiento. Tampoco he hablado con su profesora de literatura ni la conozco. Pero le agradezco que no haya subestimado la mente joven de sus alumnos y les haya ofrecido un desafío que a lo mejor ahora mismo no podrán superar, que les resultará difícil, o quizá no, pero les habrá permitido conocer que hay este tipo de retos de lectura que de una u otra manera ya no olvidarán y podrán volver a él en cualquier momento, aunque tarden y no haya la urgencia de extraer un rápido resumen. (O)