El espectacular tour de cuatro seres humanos alrededor de la Luna, representativos de la población de la Tierra, mujer, hombre, africano y extranjero, nos hizo a los mayores de sesenta evocar ese 20 de julio de 1969, en el que, por primera vez, un ser humano puso su pie en otro astro. Esta vez no hubo alunizaje, reconocimos el terreno y, si este proceso de exploración repite el de hace 56 años, no estamos lejos de una nueva caminata en el desolado paisaje selenita. Hace unos meses, nomás, me contó una inteligente lojana, cómo ella y su familia se trasladaron a ciertas elevaciones en su provincia, en donde se alcanzaba la señal de la televisión peruana y así pudieron ver el primer alunizaje en vivo. Tan retrasado estaba el Ecuador que no tenía conexión satelital y solo nos mostraron la proeza semanas o meses después, en película de celuloide.
Jorge Luis Borges no dejó pasar el alunizaje. Ciego ya varios años, se hizo colocar frente a un televisor y pidió que le narrasen lo que se veía. Obsesionado por el blanco satélite, había escrito el poema La Luna, que narra cómo un hombre quiso compendiar en un libro todo el universo, pero al acabar su desmesurado trabajo, alzó a ver y se dio cuenta de que se había olvidado de la Luna. Imposible concebir la Tierra sin la pálida luz de la esfera nocturna, que habrá alumbrado a los primeros hombres en sus expediciones de caza e iluminado la labor de poetas en todos los tiempos. En relación con el resto de los satélites del sistema solar es más bien grande, es el quinto, y comparado con su planeta, la Tierra, es largamente el mayor, su diámetro es un cuarto del terrestre. Esta proporción ha llevado a hablar del sistema Tierra-Luna como un planeta, el satélite no gira alrededor del astro principal, sino que ambos lo hacen en torno de un punto llamado “baricentro”, formando una unidad gravitacional.
Siempre me chocó que hubiese personas, de todas las edades, que desdeñaban la grandeza de la hazaña con un cínico “a mí qué me importa” o con un hipócrita “¿para qué van a la Luna, si hay mucho que hacer en la Tierra?”. Ambas posiciones eran manifestaciones de ignorancia. La Luna importó a todos nuestros antepasados, americanos, europeos, africanos... Siempre fue encarnación, símbolo o atributo de divinidades bienhechoras, casi siempre femeninas o maternales, pues se supone que se conecta con la mujer a través del ciclo menstrual. Sin embargo, también hay dioses lunares masculinos, como Nantú, el amante celestial de cara manchada de los shuar. En alemán la Luna, der Mond, tiene género masculino, como herencia de antiguas mitologías germánicas.
Así, explorar la Luna es completar la Tierra y alcanzar el cielo. Es un reto grandioso, que implica además altos riesgos, la tasa de muerte en las misiones espaciales es cercana al tres por ciento, lo que es millones de veces superior a la de vuelos en avión. A pesar de la alta tecnología desplegada en este viaje, los peligros eran grandes, debido a la novedad de la tecnología, de los materiales y otros factores que se aplicaron por primera vez en un vuelo tripulado, más las amenazas que la gigantesca distancia impone de por sí. Se jugaron valientemente. (O)