Cierta potencia invade con alevosía la nación vecina, con afán de reconstruir el imperio que forjaron los césares de la estepa, los zares. Sometieron con crueldad a los pueblos que habitaban desde Polonia hasta Alaska, y desde el Ártico hasta el Cáucaso. Su pequeño sucesor lanza hordas contra repúblicas que, tras el remezón de 1989, creyeron que íbamos a un mundo de pueblos libres, en el que primarían la democracia y el derecho. “¡Disparates!”, dice y hace avanzar a sus tropas, que cuentan con misiles hipersónicos, que contrastan su deficiente y anticuada capacidad táctica, que no sabemos si es de agradecer, porque les cuesta demasiado someter a la víctima y así la carnicería se prolonga por años.
Otra potencia se mueve sigilosa en los mares de Asia Oriental. Se apodera de pequeños islotes, que dice le pertenecen, a pesar de estar en el mar territorial de otros países, y “construye islas” de dimensiones apropiadas para establecer en ellas una base naval. Ya ha incorporado a algún país vecino, mientras borran con la identidad de los pueblos que viven en territorios periféricos. Tal es China, cuya ambición es incorporar Taiwán, intento demorado solo porque necesitan absorberla sin dañar el poderoso complejo tecnológico taiwanés. Y no necesariamente quiere ocupar otras naciones, le bastará imponer dictaduras títeres que seguirán fielmente sus dictados, tal podría ser el caso de Myanmar.
¿Será el momento de desempolvar a Arnold Toynbee, el ladeado historiador inglés y aplicar sus ideas a la realidad? Según sus esquemas China y Rusia serían “Estados universales”, grandes estructuras político-burocráticas que dominan una civilización. Las civilizaciones surgen cuando las minorías creadoras consiguen reaccionar a desafíos planteados por situaciones sociales o naturales. Pero cuando tales grupos dejan de ser creativos e intentan imponerse por la mera fuerza, la sociedad entra en tiempos revueltos y deja de avanzar. Una minoría dominante, una casta guerrera, ataja a otros y crea un “Estado universal”. Sucedió así con Egipto y con el mundo helénico. También con el mundo cristiano ortodoxo y con la sociedad del Lejano Oriente, cuyos estados universales persisten como amenazadoras potencias.
El Occidente Cristiano ha sido la última civilización en avanzar y se ha convertido en la primera de estas grandes sociedades en tener presencia efectiva en los cinco continentes. Sus últimas minorías creativas fueron las burguesías europea y americana, que lograron superar el desafío de los totalitarismos. Pero vivimos ahora en tiempos revueltos. ¿Se ha transformado la burguesía americana en una minoría dominante que intenta establecer un Estado universal? Saludamos la intervención de Washington en Venezuela, para derrocar a una dictadura delincuente. Pero pasan cosas muy raras, se llevaron al autócrata y quedó en pie la estructura criminal. Cuando el presidente Trump habla sobre la nación caribeña, no dice ni pío acerca de la restauración democrática, sino que describe negocios petroleros, al tiempo que amenaza con ocupar Groenlandia, insinúa incorporar Canadá. Parece que estamos ante un intento de establecer sobre Occidente un Estado universal. (O)










