A propósito del Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo (2 de abril), escribo sobre el tema.
En 1943 Leo Kanner describió el autismo infantil como una incapacidad innata para relacionarse con otros, aislamiento extremo, repetición obsesiva de rutinas, movimientos estereotipados, “inteligente relación con los objetos que no amenazan con interrumpir su soledad”, y ausencia del habla o ecolalia. H. Asperger difirió de Kanner sobre las habilidades de lenguaje, motricidad y aprendizaje de algunos autistas, considerándolos pensadores originales.
En La fortaleza vacía (1967), B. Bettelheim planteó que el autismo surgía por falta de afecto y hostilidad materna (“madres refrigeradoras”), tesis que generó gran controversia. En 2025, el secretario de Salud de EE.UU., R. Kennedy, anunció su intención de descubrir “la causa de la epidemia de autismo”, sin que hasta hoy exista demostración científica de causas orgánicas; y más bien ha sido refutada como un mito de sobrediagnóstico. Expertos estiman que 1 de cada 50 niños será diagnosticado con autismo y en Ecuador 9 de cada 10 menores con discapacidad entre 0-6 años ya están registrados con Trastornos del Espectro Autista (TEA).
Muchas terapias se han centrado en la modificabilidad conductual o la educación. Sin embargo, en 2014 surgió en EE. UU. la terapia por afinidad, proponiendo evitar forzar al autista a entrar en nuestro mundo y apostando a su forma particular de insertarse en él.
Desde el psicoanálisis se va más allá que la descripción de conductas, apuntando a la estructura. En La batalla del autismo (2013), E. Laurent se refiere a que un sujeto autista no reacciona ante la imagen de su cuerpo en el espejo, instaurando una neo barrera corporal, como una cápsula o burbuja, con la cual se encierra ante las turbaciones en su vinculación con otros.
J. C. Maleval en La difference autistique (2021) considera el autismo como una estructura singular, con la que el sujeto se protege de la angustia a través de su cápsula-borde, de su mismidad, contra el trauma del lenguaje. Y J.A. Miller, en el prefacio, muestra la repetición constante de elementos idénticos como una necesidad lógica inmutable, fuera de todo significado o sentido, pero que produce una lengua privada de cada uno; el autista ha elegido, misteriosamente, desde el comienzo, esa estructura subjetiva.
Es posible un diálogo con el sujeto autista, para lo cual no se trata de que aprenda el lenguaje corriente, sino de aprender su lenguaje privado, tanto en las familias como en las instituciones. En los años 70, mientras estudiaba psicología conocí a R., con quien establecí un profundo lazo a través de mis rizos. Él los tocaba, extasiado, y repetía mi nombre. Luego lo hacía con mi medalla, lo cual yo aprovechaba para un intercambio que no generase su rechazo.
Como señala la psicoanalista Piedad Ortega de Spurrier en Las psicosis y el autismo en la clínica actual: “(…) quiero resaltar el lugar del analista, que facilita un ordenamiento al goce desregulado y atroz, posibilitando la construcción de un borde dinámico para la constitución paulatina de su proyecto de vida”. (O)