Si algo debe alarmar a los liberales es que al liberalismo lo han convertido en una especie de religión, con sus dogmas y pontífices. Mientras que si algo debe alarmar a los demócratas es que la democracia ha corrido idéntica suerte, al punto que la política internacional en boga tiene como hilo argumental la tesis de que esas concepciones del Estado y de la vida “deben” imponerse a los nuevos bárbaros.
Por su parte, el fundamentalismo es la tendencia a convertir en dogma las ideas y petrificar el pensamiento en la estrecha visión de un grupo intolerante. Lo más serio es su vocación intransigente y su afán de imponer, satanizar al contrario y crear cielos e infiernos, desfigurando la realidad y radicalizando las relaciones entre los hombres. El fundamentalismo, cualquiera que sea su tendencia, transforma las ideas en ideología cerrada, en doctrina concluida, en verdad definitiva. Y por eso es empobrecedor, porque no admite posibilidad de error. Resulta, entonces, que todo el mundo es estúpido, menos yo; que el universo está equivocado, yo no. Pero, además, que “mis” tesis deben ser las de los demás.
Ocurre ahora que a la democracia y al mercado les aqueja el fundamentalismo. Las doctrinas de moda giran en torno a la suposición de la vigencia de las “virtudes” incuestionables tanto del sistema de gobierno representativo como de las opciones del librecambismo, sin admitir sus torceduras y defectos. Quien quiera pensar críticamente sobre democracia y mercado está fuera del juego. Y allí está el error, porque las dos son realidades que para convencer y prosperar necesitan de la crítica, la reflexión constante y la duda sistemática.
Las sociedades abiertas se han dogmatizado peligrosamente. Hoy es frecuente escuchar que “esa democracia” es irreversible, es decir, que “no hay más remedio” que acoplarse. Eso significa que lo que allá por el siglo XVIII nació como pensamiento basado en la capacidad crítica, en la duda y en el ejercicio de la libertad humana, hoy se ha transformado en statu quo intocable, frente al cual lo único que queda es asumir el catecismo con la fe de carbonero.
No creo que la democracia ni el mercado –en las visiones que se van imponiendo– marquen el fin de la historia. Tampoco creo en los dogmas. La libertad impone la obligación de examinar críticamente esas tesis, para concluir, por ejemplo, que a la legitimidad teórica de la democracia, envenenada por la falsificación que impone el mercadeo electoral, le falta verdad y resultados. No es ético contribuir a la confusión entre populismo y república, a pretexto de defender beatamente realidades defectuosas. Es necesario decir también que al mercado le falta equidad, humanidad y respeto a unos entes que no son solo consumidores sino personas. Por otra parte, no es legítimo callar frente a un sistema de dominación audiovisual, que es una verdadera dictadura de agendas, opiniones y deformaciones culturales a través de la pantalla y de las redes.
Para defender a la libertad y a la democracia hay que cuestionar lo que la falsificación de la democracia ha creado y lo que la tergiversación de la libertad ha envenenado. (O)