De camino a casa en el semáforo aparecen quienes ofrecen caramelos, agua, paños o solo limpiar el auto. Y ¡qué ganas de extender la mano! y sacar las pocas monedas que quedaron para, en algo, ayudar a quienes viven del trabajo informal.
A punto de entregar una moneda, mi informado amigo me dice: “¡Eso no se hace!”. Me subraya que tras los niños en la calle existen mafias que trafican con su trabajo. Y aunque su razonamiento es lógico, también es cierto que la pobreza empuja a las familias a hacer cosas inimaginables.
Hace unos años hicimos un estudio titulado Estrategias de afrontamiento en adolescentes ‘kichwa kisapincha’, en trabajo infantil. Estudio comparativo (Hernández y Pinos Montenegro, 2022) y entre los hallazgos se evidenció que quienes trabajan desarrollan habilidades para lidiar con entornos difíciles. Aclaro que no estoy haciendo una apología del trabajo infantil. Investigaciones mundiales señalan que los pequeños más ganan al estudiar que trabajar, porque las habilidades cognitivas serán las que marquen la diferencia en un futuro. Pero con el avance de la inteligencia artificial se requieren formatos educativos en los que el aprendizaje se centre en experiencias y desafíos en las aulas más atractivas.
Las aulas deben formar para la creatividad, para los emprendimientos y para el cuidado de la vida. Si bien casi cualquier conocimiento teórico está hoy a un clic, el razonamiento profundo, el discernimiento, la experimentación guiada, la creatividad y las habilidades emocionales se construyen en la convivencia con otros seres humanos. De ahí que la educación debe sacudirse.
Hoy más que nunca se necesita una educación práctica, experimental y profundamente humana. Porque es justamente en esa última dimensión donde aún los mecanismos artificiales parecen no sustituirnos.
Solo las personas podemos entender lo que otra persona expresa de manera irónica o en un contexto social particular. Solo nosotros al realizar entrevistas a profundidad entendemos cómo destrabar significados, iluminar decisiones o discutir cómo conciliar territorios.
Pero la educación de corte humanista, asignaturas reflexivas como filosofía, literatura, historia y cívica fueron desde siempre el patito feo de las escuelas. Nadie las consideró necesarias en el entorno ecuatoriano y las sucesivas reformas fueron poniéndolas al margen.
Hoy sabemos que es necesario el pensamiento crítico para diferenciar la verdad de la falsedad, porque aplicaciones de inteligencia artificial arrojan respuestas con un lenguaje atractivo, pero pueden encerrar grandes mentiras. Las fake news y la estafas informáticas están a la orden del día. Es hora de repensar la educación.
Junto con esto, las legislaciones del mundo empiezan a preocuparse por la exposición excesiva a la tecnología, pero no se debate cómo incorporarlas a profundidad para hacer de los espacios más agradables. Hay quienes toman medidas emergentes de prohibir el uso de celulares y redes sociales, pero fuera del entorno educativo los pequeños buscarán lo prohibido, sobre todo cuando no se tiene supervisión paterna; de ahí que toda legislación nueva deba construirse con debates exhaustivos y no solo con prohibiciones. (O)













